Con el deporte en el alma y la naturaleza en la piel

Marcelo FILIPPINI

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Verde. El color del campo parece invadirlo todo. La casa, pintada y decorada en tonos pastel, carece de ese color, que sin embargo se impone, entrando a raudales por los amplios ventanales y recordando que la naturaleza está en la piel de este talentoso tenista.

Fotos Chino PAZOS
Textos Ma. José FRÍAS

Amplitud, comodidad, y por encima de todas las cosas, luz y campo, fue lo que buscó Marcelo Filippini cuando junto a su esposa Raquel decidió construir su nuevo hogar. Cansado de vivir en hoteles durante su prolífica carrera, el tenista que representó con honores a Uruguay a nivel mundial apuntó hacia Colinas de Carrasco, un country que le ofreció el espacio que necesitaba.

Hace unos siete años, cuando apenas había unas pocas casas construidas en el lugar, eligió la loma de un pequeño cerro para iniciar la construcción de su nuevo hogar. El arquitecto José Luis Echegaray escuchó el pedido de Marcelo y Raquel, y diseñó una construcción moderna con toques coloniales, donde las tejas del techo remiten a las estancias de antaño, lo que se potencia por la presencia de numerosos árboles y de un verde perfecto que entra por los ventanales y se instala en el alma de los habitantes de la casa.

“Este lugar simboliza el momento en que formé mi familia. Aquí nació mi hija y se crió mi hijo. Todo va de la mano”, señala Filippini, que se comprometió con la construcción desde el primer momento.

Un año antes de empezar la obra, se acercó a la empresa de demoliciones Oddone Zunino y empezó a elegir tejas, durmientes, adoquines de granito, zócalos de pinotea y puertas, que almacenó en el terreno, entonces vacío. “Las puertas son de una casa que había en Pocitos, frente al hotel Ermitage, menos la principal, que estaba en un castillito de Punta del Este que fue derribado. Originalmente era azul y hubo que trabajar mucho para sacar las diversas capas de pintura de barco que tenía”, cuenta con entusiasmo.

“Me gusta ver a la distancia”.

Mirada en el horizonte

“Me gusta ver a la distancia”, explica el tenista. Por eso eligió un terreno elevado y pidió al arquitecto que los ventanales fueran amplios, una característica que se extiende a toda la casa. Filippini se ocupó personalmente de cada detalle durante el transcurso de la obra, desde el doble vidrio de las ventanas, hasta la elección de la laja tamboreada de los pisos y del durmiente de la puerta.

Amigo de las reuniones y los asados, puso especial atención a la barbacoa, que diseñó amplia, con piso de piedra y mucha madera. “La disfruto mucho, igual que el espacio exterior. La naturaleza me encanta. En invierno, permanezco mucho en el estar del piso superior, mirando televisión, pero en verano, no hay nada como sentarse de mañana temprano a tomar mate bajo el alero”, afirma.

Desde allí, contempla un jardín que lo apasiona y cuyo diseño acompañó desde el primer momento. La paisajista Ana Pineda se encargó de poner las primeras plantas, a lo que siguió una segunda etapa cargo de Magdalena Albanell y María Etcheverry. A partir de allí, el dueño de casa se encargó de seleccionar personalmente los pinos, álamos y sauces que agregó a la propuesta, incluso planta y mantiene el césped él mismo.

“Disfruto que haya diferentes colores de verde y que el otoño tenga más tonalidades. Me faltarían frutales pero no crecen. Tengo un limonero y un tangerino, pero les cuesta, y los olivos se secaron. Entonces, los traigo directamente grandes y los planto”, apunta.

“Nunca me cuestioné si era bueno o malo. Sentía que era parte de un camino”.

La decisión de Raquel 

Una vez que la casa estuvo terminada, Filippini dejó en manos de su esposa la decoración interior, limitándose a comprar los bancos de la cocina, “porque quería quedaran debajo de la mesada. No me gusta que los muebles ocupen un espacio que no es necesario. Debe ser por lo de los hoteles”, reflexiona con una sonrisa.

La mesada y el resto del mobiliario de este espacio fueron adquiridos por Raquel en Bosch & Cía, mientras que el silestone utilizado, tanto allí como en el resto de la casa, al igual que la marmolería, es de Aníbal Abatte.

Junto a la decoradora Florencia Rubio, Raquel eligió los muebles, siempre en tonos claros y apuntando a la comodidad y el diseño de líneas modernas. “Con el tiempo, agregó algunas otras cosas, como las butacas tapizadas en colores intensos en el living, que cuando vi la primera vez, me chocaron un poco. Yo soy más de la madera, y me pasó igual con el estar, que empezó siendo más mío y después lo fue modificando. Ahora están los almohadones turquesa y el cuadro (de Gastón Izaguirre). Me lo cambió”, dice entre risas.

La obra de Izaguirre es la única que destaca en una casa sin cuadros, ya que la pintura no es del agrado de Filippini. Sin embargo, el artista uruguayo es vecino de la familia, y un verano les obsequió un dibujo de su hija en la piscina del country. “Cuando Raquel quiso poner un cuadro, se lo compró a él. En este caso, me parece fuera de lo común y me gustan los colores. Está bueno”, comenta.

Pinceladas de recuerdos

A Marcelo Filippini no le gusta vivir de recuerdos. Por eso no guarda muebles antiguos, con excepción de uno que compró cuando era soltero y que modificó varias veces. “Tuvo puertas, las saqué, lo agrandé, pero siempre está. Lo cambié para poner en un tiempo los videos y los CDs. Hoy tiene la televisión, y me encanta. Mis amigos me toman el pelo y dicen que si voy yo, va el mueble”, se ríe.

Pero aunque su mirada está siempre puesta en el futuro, algunos recuerdos permanecen imborrables. Uno de ellos es el cuadro con la raqueta, que le entregó el día de su despedida deportiva el equipo de fútbol de su colegio, el Old Christians.

También guarda en su viejo mueble, las pelotas que utilizó en varios torneos, incluido Roland Garros, firmadas por los jugadores, así como una foto que tomó con su hijo el año pasado en dicha competencia, donde lo llevó a los vestuarios para conseguir los autógrafos de las figuras del tenis mundial actual, como Roger Federer y Rafael Nadal.

Allí tiene también numerosos trofeos, que no son todos, porque los más grandes permanecen expuestos en el Carrasco Lawn Tennis y algunos, los tiró. “Antes los tenía guardados todos en cajas. No me parecía importante exponerlos, pero un día mi hijo, que en ese entonces tenía seis años, empezó a sacarlos y los colocó sobre una mesa. Ahí me pareció que estaba bueno ponerlos en un lugar y les di el espacio en el mueble, pero se habían roto algunos adentro de las cajas, y los tuve que tirar”, recuerda.

De todos ellos, asegura que ninguno le es más querido que los demás. Sin embargo, solo mirarlos lo remite al esfuerzo que lo transformó en un referente del tenis nacional y mundial. “En la mayor parte de los casos, no consigo acordarme de donde son los trofeos, pero eso no importa. Grandes o chicos, guardan recuerdos del momento en que estaba mi vida cuando los gané. Me gustan”, concluye.

El hombre de los mil torneos

Marcelo Filippini tiene 47 años. En la actualidad, es el director del Departamento de Tenis del club que lo vio nacer, el Carrasco Lawn Tennis. Desde su cargo, supervisa la formación de los más pequeños y se ocupa de toda la parte deportiva de la institución.

Pero mucho antes que esto, allá por el año 1972, agarró una raqueta con sus pequeñas manos para empezar a jugar. Y no paró. En 1988, con 21 años de edad, ganó su primer torneo de primer nivel en individuales en Bastad, y su primer torneo de dobles en Palermo. En el curso de su carrera, ganó cinco campeonatos de la ATP en individuales y tres en dobles, alcanzando su mejor posición en individuales el 6 de agosto de 1990, cuando se consagró en el 30º lugar a nivel mundial.

¿Cómo fueron tus comienzos en el tenis?
Empecé a los 5 años. Mi padre encordaba raquetas y mi madre trabajaba en la boutique del Lawn Tennis, por lo que yo venía todos los días. Siempre supe que quería jugar al tenis y lo hice.

No siempre te fue bien, ¿alguna vez dudaste?
Nunca pensé si me iba a ir bien o mal. Yo quería ser 50º del mundo y jugar 10 años de manera profesional. Por suerte, me fue mejor que eso y llegué al 30º lugar, pero cuando me iba mal, nunca me cuestioné si era bueno o malo, sentía que era parte de un camino. Perdía porque los otros tenían más partidos que yo.

En mi primera gira sudamericana, cuando tenía 16 años, perdí todos los partidos en primera ronda, pero no recuerdo haberlo pasado mal. Los chicos de hoy me preguntan como hice para no quemarme. Yo consideré que ellos tenían mucha más experiencia. Creo que después me lo empecé a tomar más en serio, pero fue a partir de los 18 años.

¿Qué fue lo que más te gustó de tu carrera?
Viajar por el mundo y que me fuera bien haciendo lo que había soñado. Si había algo que no me gustaba, entendía que era parte de lo que me correspondía por la elección que había tenido. No me permitía extrañar mucho, porque sabía que debía viajar. Las relaciones de pareja eran complicadas, pero nunca me llegué a cuestionar la decisión que había tomado.

¿Por qué decidiste retirarte en el año 2000?
Tenía 33 años. Hacía tres años que me había puesto la meta de cuantos años más jugar. Era importante para mí retirarme por decisión propia y no obligado por el ranking. En ese momento ya sabía que todo lo que podía lograr, lo había logrado y lo que faltaba, ya no lo iba a lograr.

En los años 97’ y 98’ hice el último esfuerzo para meterme en el 20º lugar en el mundo, y no lo logré. Entonces me propuse volver a estar entre los 60 mejores. Lo conseguí, hice cuartos de final en Roland Garros y me di cuenta que no quería jugar más. Después me lesioné y atrasé un poco más la resolución, pero decidido a que el 2000 fuera un año de despedida.

Arranqué a jugar Barcelona, Miami, Roland Garros, Interclubes en Alemania y Copa Davis. Después, por la lesión, que me caí y me quebré la muñeca, no jugué hasta Wimbledon. Jugué dos torneos de entrenamiento y me retiré después de Interclubes en Alemania. Tenía más oportunidades de torneos, pero ya no quise más.

¿Cómo ves el tenis uruguayo hoy?
Hoy está Pablo Cuevas, en su mejor momento. Hay otros tres chicos que están haciendo el camino de los primeros tres años, que es el más duro. Entrené a Santiago Maresca hasta el año pasado y tengo vínculo con Rodrigo Senattore y Rodrigo Arus. Con Cuevas hablo y lo veo cuando está en Montevideo.

¿Cómo llegaste al polo?
Volqué allí la pasión competitiva. Mi hermano jugaba y las veces que me subí al caballo a taquear me parecía un buen desafío. Antes de dejar el tenis, ya sabía que iba a jugar al polo. Tres años antes de jugar compré mi primer caballo, manso, para poder montarlo y que le sirviera a mi hermano. Cuando dejé el tenis no sabía andar a caballo, pero aprendí y le seguí dando. En el polo recuperé la adrenalina de la competencia.

Cata de vinos

Un amigo apasionado del buen vino, fue quien despertó en Marcelo Filippini la curiosidad por conocer más de una bebida que hoy constituye uno de los sellos distintivos de la producción nacional. “En 1994 estaba en Alemania y se me ocurrió comprar vino y empezar a armar una bodega. Con el tiempo, participé de diversas catas y empecé a leer sobre el tema, para aprender a diferenciarlos. Me gustan mucho los uruguayos, los de la familia Deicas (establecimiento Juanicó), pero también los vinos raros”, explica.

Su relación con la familia Deicas comenzó el día de su despedida del tenis profesional, cuando los contactó para pedirles que proveyeran la cena con productos nacionales. “Hoy soy un embajador de la marca”, señala.

Además de destacar la mejor producción de esta bodega, está orgulloso de un vino que fabricó en su honor un amigo que tiene una pequeña bodega en Rincón de Olmos, quien le dedicó una partida titulada “Tannat Filippini”.

Su otro motivo de destaque son las botellas que compró en 1999, como recuerdo de su participación en cuartos de final de Roland Garros. “Fueron embotelladas en 1996, para tomar entre el 2006 y el 2036. Compré 12 botellas, y cada vez que abro una me acuerdo de Roland Garros. Me quedan cuatro. Le regalé una a un amigo que es como mi segundo padre, otra a alguien que me ayudó mucho en mi carrera, abrí una en mi casamiento, otra cuando nació cada uno de mis hijos, le regalé a Fernando Deicas y también a su hijo. Las cuatro que quedan cuestan una fortuna. Tendría que venderlas y llenarme de vino de vuelta, porque ya tienen demasiada calidad para mí”, culmina entre risas.

“Cuando dejé el tenis no sabía andar a caballo, pero aprendí y le seguí dando. En el polo recuperé la adrenalina de la competencia”.

La pasión

El tenis primero, y el polo después, son las grandes pasiones deportivas de Marcelo Filippini. Sin embargo, lo que más nombra cuando piensa en lo verdaderamente importante, es la familia que formó junto a Raquel. Parco en el hablar, se entusiasma cuando las preguntas aluden a Juan Pablo y Lucía, sus hijos de 10 y 5 años.

El varón ya comenzó a transitar el camino del tenis y su padre celebra que se divierta. No sabe si en el futuro querrá hacer los sacrificios necesarios para destacarse en el deporte, pero aspira a que alcance el nivel suficiente para participar de la Liga Sudamericana cuando tenga entre 13 y 14 años. Marcelo está convencido de que “irse por tres o cuatro semanas con otros chicos y sus entrenadores está bueno. Después, que haga lo que quiera”.

En lo personal, aquella primera experiencia lo marcó con un buen recuerdo: “No ganaba ni un partido, pero me divertí”.

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