Cuando lo precario deja de serlo

Fotos Antonella SINACORE, Claudia VARIN, Juan SCURO, Jason BELL y Ahmed BENNOUR

Entre un campo de naranjas, una escuela y una cancha de fútbol, se encuentra una construcción colaborativa levantada en tierra africana por los habitantes de Abetenim, bajo la dirección de voluntarios, liderados por un equipo de arquitectos uruguayos. Durante 50 días, entre ramas de teca y fibras extraídas del aceite de palma transcurrió “Building under de sun”, testigo mundial del espíritu más aventurero de la bioarquitectura, en la búsqueda de la conciencia hacia la sostenibilidad ambiental.

Terruño africano

Ghana, un país de clima tropical ubicado cinco grados al norte del Ecuador, fue la sede de un proyecto hecho realidad denominado “Building under de sun”, resultado de una Mención Honorífica otorgada por la Fundación NKA en el concurso “3rd Earth Architecture Competition – Mud House Design 2015”, al único equipo premiado de América Latina, conformado por tres arquitectos uruguayos, por la creación de una villa para artistas en Abetenim. Esta pequeña aldea de 500 habitantes, que principalmente se dedica a la plantación de palmeras, aceite de palma, naranjas y cacao (el que venden seco pronto para procesar), fue testigo de la propuesta seleccionada para ser construida en el lugar.

 

La construcción se organizó a partir de un formato building workshop dirigido a estudiantes de arquitectura, arquitectos, diseñadores, constructores, entusiastas y voluntarios de todas partes del mundo, cuyas inscripciones fueron volcadasa la compra de los materiales. Un total de 15 voluntarios participantes entre los que se encontraban Santiago Merello, Antonela Sinacore y Claudia Varin, arquitectos asociados en Bo Arquitectura, quienes dirigieron el proceso constructivo, con la colaboración de los previamente inscriptos al proyecto-taller y al que se sumaron otros que estaban en el lugar por diversas razones. El equipo técnico, aparte de los uruguayos, contó con la participación de una arquitecta española, el resto eran de distintas profesiones o estudiantes, pero todos interesados en la bioconstrucción y en lo que implicaba esta experiencia. Prueba de ello es la inscripción sobre la fachada sureste en Twi (idioma local) que luce sobre el mural “nnipa wo awia mu”, que significa “gente bajo el sol”, pintado por Jason Bell, uno de los voluntarios.

En su planificación, el equipo uruguayo contemplaba una Art House (residencia para artistas) dentro de la Art Village proyectada como masterplan (un interesante proyecto que buscaba enseñar oficios a los habitantes de la aldea), pero una vez llegados a la aldea visualizaron que las necesidades eran otras y decidieron modificar el plan.

 

“El objetivo planteado por la fundación era terminar la totalidad de construcciones para recién después darles uso, lo que a nuestro criterio genera un montón de edificios de gran valor arquitectónico pero abandonados. Por otro lado, en un área descampada de la aldea a tan solo cinco minutos caminando, había muchas necesidades de infraestructuras de todo tipo, por lo que hablamos con el coordinador de la ONG que impulsó el proyecto y con el jefe de la aldea para proponerles adaptar el proyecto a sus necesidades. Así surgió esta sala de reuniones para los maestros, en la que un deck balconea a la cancha de futbol y desde el cual se disfrutan todas las actividades sociales de la aldea”, cuenta Antonella Sinacore, quien se mantuvo muy atenta para entender las dinámicas sociales de la aldea, en la que casi la mitad de los habitantes son niños que van a la escuela hasta los 16 años, tiene solo tres pozos de agua que la abastecen, y en donde todas las tareas implican grandes esfuerzos, y como tal conllevan largos procesos, gran dedicación, y una paz que solo se experimenta viviendo el día a día junto a ellos.

La técnica

Las técnicas planteadas en el proyecto original se mantuvieron: utilización de estructura de madera, fajinao bahareque en las paredes y sobrela cubierta cerámica armada. La estructura principal fue realizada con Tectona Grandis, madera propia del lugar. Para esto fue necesario realizar el proceso de pelado y secado del árbol. Luego del secado se pintó la parte inferior, la cual queda en contacto con el suelo, con bitumen para mejorar su comportamiento a la humedad.

Las paredes fueron realizadas con la técnica de la fajina (bahareque oquincha). Para esto se utilizaron ramas, cañas y hojas de palmeras, todos los materiales fueron extraídos del lugar. Como las paredes tenían dimensiones importantes, se optó por colocar dos piezas de bambú para minimizar la caída de material y dividir el paño.La cubierta significó el desafío de ir más allá de lo que se solicitaba en las bases (chapas de zinc) y experimentar con la cerámica armada. Finalmente, los adobes lograron una resistencia a la compresión suficiente para utilizarla en paredes, no así para cubierta y se procedió a la opción inicial de chapa de zinc.

Consultados por la aceptación de la técnica, Claudia Varin vinculada además a la permacultura, resalta que en el lugar no conocían la técnica que plantearon ya que las casas más antiguas están construidas con algo similar a la fajina o bloques de hormigón. “La verdad es que durante el proceso no nos tenían mucha fe del resultado, pero cuando finalizó la construcción no podían creerlo. El costo total de la construcción fue muy bajo y no se necesitó mano de obra especializada, por lo que consideramos que es fácil de replicar”, cuenta. “El resto de los equipos que había pasado por allí en estos años habían construido siempre con tierra apisonada, por lo que los habitantes de la aldea quedaron muy sorprendidos con la técnica nuestra. También por el hecho de que incorporamos materiales del lugar como ser ramas de teca para hacer el entablonado, hojas de palmera y bolsas de plástico de agua (recipientes en los que acceden al agua potable) para rellenar los muros, también la fibra del residuo que surge del fruto de la palmera en el proceso de producción del aceite de palma, y para los revoques incluimos manteca de karité”, señala Varín. Según la experta se decidió utilizar la manteca de karité luego de haber consultado los manuales franceses de estabilizantes naturales para la construcción en tierra. Proveniente de un árbol, la manteca resulta muy económica y accesible ya que se vende en los mercados locales al kilo.

El legado uruguayo

De regreso a Uruguay el equipo de jóvenes y entusiastas arquitectos nos compartieron la vivencia de casi dos meses lejos de sus hogares y actividades curriculares con la total naturalidad de pertenecer a una corriente que genera arquitectura más amigable con el medio ambiente. Más allá de las novedosas tecnologías que plantearon en las técnicas mixtas de construcción, tratamiento alternativo de aguas servidas, adaptación de recursos locales, reducción de materiales con energía incorporada, sobre todo lograron difundir técnicas tradicionales uruguayas como la cerámica armada, desarrollada por Eladio Dieste, con una larga y más que fundamentada recurrencia utilizada hace 50 años en los más diversos programas edilicios. Esta postura además, pone sobre la mesa un aspecto más sensible del hecho de construir, crear y albergar: el logro de la técnica derivada de la bioarquitectura, en la que se conecta de una forma especial la tierra con el pie que lo apisona, la pared con la mano que la moldea, y el adobe con el horno que le da forma, y la satisfacción de colaborar a la difusión de las mismas por la región oeste de África.

“La experiencia fue increíble, el grupo de la construcción estaba formado por gente de distintos países (Túnez, España, Australia, Alemania e Italia) y también por personas de la aldea. Este era uno de los primeros proyectos que se construía dentro de la misma, por lo que el intercambio con sus habitantes fue constante. Siempre dispuestos a ayudarnos en lo que necesitábamos, ya sea trabajar o aprender del trabajo, prestarnos herramientas, baldes, o compartir la jornada con nosotros. Con ellos hablábamos en inglés, si bien es el idioma oficial de Ghana, no es mucha la gente que lo habla, más bien intercambiábamos con los maestros y estudiantes adolescentes, pero con las personas mayores y sobre todo con los niños nos comunicábamos haciendo eco del espíritu innovador que allí nos convocaba,  los niños formaban parte de nuestra jornada diaria,” comenta Santiago Merello, sensibilizado por una instancia tan singular y bastante diferente a la experimentada junto a Varin en las dos viviendas que ambos construyeron en Villa Serrana, departamento de Lavalleja.

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