De la siciliana Pantelaria a la esteña Punta Ballena

Un palacete marroquí, una villa toscana, una morada árabe o una kasbah en las puertas del desierto… Casa Anima, no es nada de esto, pero es un poco de todo. La residencia rinde culto a la isla siciliana de Pantelaria, un volcán que emerge del mar Mediterráneo, justo frente a Túnez.

Leonardo Ricagni, realizador cinematográfico uruguayo residente en Los Ángeles, decidió junto a su esposa Noel, que este sería su paraíso en tierras puntaesteñas. Su boda, hace 22 años, inauguró la casa con un festejo que no ha sido olvidado. “Nuestra boda fue bien casual, nada de traje ni corbata”, recuerda Leonardo, quien no deja de contemplar con orgullo la vista, acariciando cada superficie y visualizando nuevas imágenes a partir de cada rincón.

Casa Anima se aferra a la pendiente de la ladera oeste de Punta Ballena. El excepcional atardecer sirve como telón de fondo para enmarcar la extensa costa fernandina que desde allí se aprecia. Cada puesta de sol es única. Leonardo las fotografía, y en cada imagen vuelve a enamorarse del lugar.

Luego de estudiar los lineamientos que Leonardo y Noel dieron a sus arquitectos, Casa Anima fue ejecutada por un constructor local, que tuvo aquí su bautismo de fuego. “Era la primera casa para todos, así que nos permitió incurrir en 1.000 errores y en otros tantos aciertos, lo que le da mucha personalidad. Con Noel nos metimos con alma y corazón a construir esta casa, cuidando desde los rincones hasta los objetos”.

Los detalles reflejan el quehacer de un director de cine en lo referente al espacio. Con los conceptos propios de una profesión que con gran sensibilidad y criterio maneja la fusión de dimensiones, Leonardo imaginó dobles alturas, vistas interminables, generosos espacios exteriores, espejos de agua, circulaciones poco convencionales, estéticas industriales, recuperación de historias, juego de luces y materialidades puras que definen una increíble secuencia de espacios interconectados, incluyendo los más íntimos. “Casa Anima se fue haciendo camino al andar, fotograma a fotograma. Con cada metro de filme que rodaba se iban levantando las paredes, los pisos, y el resto del lugar. El estar filmando me mantenía en conexión casi espiritual con la casa. Cada altibajo en mi actividad profesional era seguido por esta paz, sus vistas y aromas. Todo se fue amalgamando casi por alquimia, a razón de un fotograma de celuloide por cada ladrillo”, expresa Leonardo, quien aduce que el tiempo que va calando la casa es lo que le otorga más encanto, ya que permite apreciar sus raíces sólidas, firmes, con recursos que hablan por sí mismos.

La mezcla de tonos tierra del revestimiento exterior recuerda a la estética marroquí de las medinas. Sus gruesos muros, las mochetas y parte de la vegetación, remiten a los paisajes de la Toscana italiana, mientras que los altos muros y las limitadas aberturas retoman la imagen de las antiguas ciudades amuralladas del norte de Argelia, denominadas kasbah. Y en medio de ese Babel, un balcón que conduce a la imaginación de la Julieta shakespeariana hace soñar con un Romeo emergiendo del oleaje rioplatense. “La casa es noble. Banca y banca. Es como ese vino tinto que va tomando fuerza, cuerpo y textura con el paso de los años. Cada arruga le queda bien. ¡Qué me siga inspirando ella a mí tanto como yo la he inspirado a ella! A veces tenemos encontronazos y nos damos unos buenos cocazos. Ella me defiende a capa y espada, es el barco que me permite navegar por el mundo sin salir de La Ballena, sin alejarme de Uruguay. Es de buena madera y fiel a su capitán. Ojala sigamos cruzando y navegando el mundo por el tiempo que sea necesario, pero eso está en manos del universo”, concluye Leonardo sin titubear.  

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“Es un realizador publicitario genial, un adelantado a su tiempo. Marcó el camino profesional para muchos de nosotros. Un enamorado del carnaval y del futbol. Supo brillar desde muy joven en mercados europeos y americanos como un realizador de primera línea”, Pepe Lamboglia (La Productora Films).

La perla negra del mediterráneo

Pantelaria, del italiano Pantelleria, es una zona árida pero a la vez de tierra fértil, ya que emerge de un volcán. Esta isla queda más cerca de territorio africano de Túnez que de sus pares italianas. Sin embargo, pertenece a la provincia siciliana de Trapani. Tiene apenas 50 kilómetros de costa, por lo que italianos y tunecinos dejan atrás cualquier contraposición de identidad para sentirse armoniosamente mediterráneos. Es conocida como el lugar donde mejor se cultivan y producen artesanalmente las alcaparras, botón floral de una planta que crece naturalmente en la roca y requiere poca agua, las que se consumen en los más variados y exquisitos platos. Este arte pantesco de producir alcaparras es el mismo desde hace siglos y por esta razón la Unión Europea les ha otorgado la seña de producto IGP (Indicación Geográfica Protegida).

La magia de esta isla no dejó indiferente a Leonardo y Noel, cuyo “viaje en el tiempo” al visitarla redundó en la necesidad de tenerla presente siempre, y también a las personas que la habitan, de sencilla apariencia pero de mirada atenta, cual guardianes de secretos ancestrales con la misión de custodiar las tradiciones artesanales del Mediterráneo.

Su particular paisaje, compuesto por accidentes naturales como calas, farallones, coladas de lava y flora mediterránea, junto a los vientos que soplan allí todo el año garantizando frescura durante el intenso calor veraniego, se mezcla con los dammusi (casa típicas de la isla, de forma cúbica y techos blancos en forma de cúpula apoyados en arcos), con jardines de impronta árabe (construcciones cilíndricas realizadas con piedra volcánica con la finalidad de sanear los terrenos del exceso de piedras) y con los muros secos (para contener el terreno y delimitar las propiedades, separando los huertos de cítricos).

Cierre Casa Anima traspasa los límites estéticos, temporales y climáticos de una residencia esteña. Nunca pasará de moda, ya que no se vale de lo puramente contemporáneo. Por su solidez, a pesar de estar fuertemente expuesta al mar, resulta sumamente acogedora cuando la golpea el viento invernal. En cada rincón se encuentra la retórica poética de Ricagni, la misma que le permitió enfocar la mira para proyectarse hacia una carrera simplemente excepcional.

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