El legado como baluarte académico

La ex sede de la Embajada de Uruguay en Argentina, ubicada en Recoleta, volvió a lucir su mejor perfil. Un edificio histórico por el acervo arquitectónico y artístico que alberga, migró su programa diplomático al educativo, con una apuesta apropiada y responsable.

Croquis publicado en “Mario Payseé o el arte de construir”, recopilación de su obra entre 1940 y 1980 bajo la autoría de los arquitectos Mary Méndez  y Emilio Nisivoccia promovido por la Intendencia Municipal de Montevideo, el Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, el Instituto de Historia de la Arquitectura de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (UdelaR), 2017 ISBN 978-9974-8620-2-9, versión digital blanes.montevideo.gub.uy – Fadu.edu.uy.

 

 

La adecuación programática dio paso a una nueva función. El edificio en el que funcionó la cancillería y embajada uruguaya en la capital bonaerense, propiedad del gobierno uruguayo hasta 2016, fue elegido por el Instituto Universitario de Ciencias de la Salud – Fundación H. A. Barceló, como nueva sede educativa universitaria en Buenos Aires
y central administrativa. Este edificio refleja el crecimiento sostenido que viene teniendo la institución a lo largo de sus 50 años de historia, y el compromiso con la educación universitaria mediante la creación de nuevos ámbitos de formación profesional, consolidando una verdadera red federal de educación en ciencias para la salud, cuyas sedes en las provincias de La Rioja y Corrientes complementan el prestigioso alcance académico regional.

En la noche luce radiante, con una racionalidad extrema. De día, el cemento armado y la flamante pintura de los revoques destacan gestos propios de otra época. El inmueble no solo forma parte de la destacada lista de obras construidas en el siglo pasado con la autoría de arquitectos uruguayos en el extranjero, sino que lleva el sello del Arq. Mario Payseé Reyes, unos de los grandes baluartes de la arquitectura nacional de los años 70, momento en el que en ambas márgenes del plata, se había instalado una preocupación expresa por diseñar y construir edificios que perduraran conceptual y matéricamente en el tiempo. Se ubica en Avda. Las Heras 1907, esquina que el solo porte de la imagen brutalista de su lenguaje arquitectónico, en particular con carácter de torre, hacía previsible, y por suerte así fue, que con tenor institucional se continuara el legado patrimonial del edificio, con el gran distintivo además, de poseer una colección de obras de arte del Taller Torres García en diferentes espacios, específicamente de Edwin Studer, José Collell y Julio Alpuy, hecho sin precedentes en un edificio en altura de estas características.

Cuarenta años pasaron desde que en 1978 el edificio se alzó como un robusto basamento de 3 pisos separado de la torre por medio de una planta libre, transición hacia los otros 9 pisos. La desafiante tarea de remodelación y puesta en valor del inmueble fue encomendada a BTP Arquitectos Asociados, estudio argentino conformado por los arquitectos Juan José Barrós Tomé y Alejandro Ponte, para quienes los proyectos educativos y culturales son parte de sus áreas de especialización, y que para esta obra en particular contó con la colaboración de los arquitectos Fernando Montero y Matías Avaca. Este equipo asesor participó desde la etapa inicial de selección de la futura sede para la Fundación H. A. Barceló, estableciendo junto a la institución parámetros de búsqueda de un espacio que cumpliera con requisitos de superficie, de conectividades espaciales y funcionamiento académico propio para una facultad.

 

“Un poco más de un año antes de que saliera a la venta el edificio de la cancillería uruguaya, habíamos visitado varios, pero fueron rápidamente descartados. Obviamente, se valoraba mucho la imagen institucional que pudiera transmitir el edificio que se eligiera como sede. Sin embargo, la búsqueda no había sido exitosa en este punto.  La zona de búsqueda se centraba básicamente en el barrio de Recoleta y sus alrededores”, afirma Barrós Tomé,  quien señaló que se partía de la base de que la capacidad locativa de los espacios que albergara la sede y sus respectivas conexiones debían ser acordes a la cantidad de personas que a la vez los utilizarían. “Bastó una sola visita al edificio para darnos cuenta que, aunque de una forma poco convencional, contenía todos los requisitos que habíamos estado buscando en otras construcciones, y que al tomar partido de su existencia, nos permitiría erigirlo nuevamente como un icono dentro de su entorno”, agrega. 

“No es común encontrar un edificio construido que cumpla con las características que uno requiere de él. En este caso, no solo se dio con el edificio adecuado, sino que además, la existencia de murales de prestigiosos artistas uruguayos en varios sectores del edificio, sean a mi entender una colección única en un edificio de la ciudad de Buenos Aires. Para una institución educativa como lo es la Fundación H. Barceló, las obras de arte que se encontraban en el edificio, significaron un elemento relevante y de gran valor. La convivencia con el arte es el mejor complemento al que se puede aspirar al momento de brindar excelencia en la educación. Hoy estas obras, entendemos han sido el gran puntapié inicial para la larga relación que tendrá de aquí en adelante la Fundación con el arte”, expresa Ponte.

De las 14 aulas la mayoría son apaisadas, un tipo de distribución que logra una excelente integración alumno profesor, y a su vez permite buenas visuales desde todos los sectores del espacio. El esquema radial del equipamiento colabora con las visuales, a la vez que envuelve y acerca los alumnos al docente. Pizarrones largos y móviles complementan con cañones de proyección la infraestructura de cada una, que además de haber sido proyectadas con wifi, sistema de audio y proyección, incluyen cámaras con seguimiento para poder interactuar con salones contiguos, incluyendo el auditorio.

Su imagen brutalista, que tiene un correlato con otros edificios de su época, lo torna un edificio emblemático dentro de la ciudad de Buenos Aires.

Arq. Alejandro Ponte

En las etapas previas a concretarse la compra del edificio, tanto los directores de la institución como sus asesores en la rehabilitación edilicia, entendieron que la comisión evaluadora de la parte vendedora tendría muy en cuenta aspectos vinculados a la conservación del patrimonio artístico y arquitectónico. “La oferta de la Fundación H. A. Barceló fue la más conveniente desde el punto de vista cuantitativo, ya que superaba las propuestas de otros cuatro oferentes, y también desde el punto de vista cualitativo, porque cumplía con la aspiración de mantener la estructura actual del edificio y los murales”, afirmó el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Luis Almagro al diario La República.
El edificio tiene 6.839 metros cuadrados cubiertos, donde originalmente se distribuían las oficinas de la embajada y las correspondientes a los servicios consulares, agregadurías militares, turísticas y culturales. Las obras se realizaron entre 2016 y 2018. Recientemente inaugurado consultamos a los autores de la remodelación sobre el alcance que la intervención en esta obra implicó para el estudio BTP Arquitectos Asociados. “Fue un doble desafío. Primero sin duda lograr un cambio radical en el uso y función del edificio, respetando la esencia del proyecto original, y segundo, dada la gran af luencia de docentes y alumnos que el nuevo uso trae aparejado, consistió en ejercer un delicado equilibrio entre la adaptación del proyecto y la normativa vigente de evacuación, no perdiendo de vista dotar al conjunto edilicio una fluidez circulatoria indispensable en la nueva función”, destaca Ponte.
En cuanto a la gestión institucional, el traslado a la nueva sede se está realizando de manera gradual, con el objetivo de que alumnos y docentes puedan hacer un uso racional y cuidadoso de la misma. Considerando las características arquitectónicas y artísticas del edificio se han llevado a cabo diversas acciones tendientes a informar a la comunidad educativa acerca del valor patrimonial existente y de la tecnología de vanguardia implementada, cabe destacar las visitas guiadas y charlas para los alumnos en su primer día de clases en la nueva sede.
El proyecto de gestión de cambio con el personal se desarrolló conjuntamente con una consultora especializada en Change Management y comunicación positiva del cambio. Se entendió como una excelente oportunidad para construir una nueva etapa en la organización, el lanzamiento de la nueva imagen, mejorar dinámicas de liderazgo, instalar mejores hábitos y normas de convivencia. Las acciones e iniciativas del proyecto hicieron énfasis en la cultura integrada, el respeto del uso de los espacios comunes, trabajo en equipo e intercambio de información, instalar buenas prácticas, el alumno como esencia de la organización, el desarrollo regional de la educación, la transparencia en el espacio y la comunicación, y no menos importante la determinación de conceptos green, enmarcados en el “Proyecto Universidad Saludable”.

 

De oficinas a aulas

Amplias superficies de atención, aulas, bibliotecas, salones de usos múltiples, laboratorios y el auditorio ocuparon espacios que antes fueron oficinas.  “Los espacios comunes, algunos de doble altura cumplían con creces nuestras expectativas. La iluminación natural, que por la tipología de torre arrojaba espacios muy luminosos, se percibió como una cualidad distintiva dentro de la calidad de los espacios y su uso”, agrega Barrós Tomé. El inmueble cuenta con un particular núcleo vertical de circulaciones, condicionaba el proyecto pero cumplía con las normas de seguridad requeridas en base al volumen de alumnos. En él conviven dos escaleras que comparten descanso y tienen su ingreso desde el frente y contra frente del edificio. Esto posiblemente tuviera su origen en requerimientos específicos del programa diplomático de tener circulaciones internas para personal independientes de las de visitantes. Como respuesta a este núcleo se diseñaron dos hall por piso, coincidentes con los frentes de las escaleras, recurso que se adecuó perfecto a las necesidades funcionales de las nuevas aulas, conectadas por fluidas circulaciones que permiten evacuaciones rápidas y eficiencia en todo momento. En consecuencia de esto el equipo de arquitectos, optó por generar aulas apaisadas con doble acceso coincidente con cada uno de estos halles.

 

El colorido de Alpuy

Al auditorio, con capacidad para 200 personas, solo fue preciso actualizarlo con tecnología de última generación en proyección, audio e iluminación, ya que tanto revestimientos como butacas reflejaban intacto el estado original. “El auditorio existente en el edificio mantenía un muy buen diseño espacial, y no requirió intervención alguna para su actualización, solo fue necesario generar un circuito radial de bandejas a la vista que permitiera el cableado e instalación de las nuevas tecnologías. Realmente fue poco el esfuerzo que implicó la actualización de este excelente espacio”, asegura el arquitecto. El auditorio se ubica en el 1er. piso, y en su foyer permanece el espíritu artístico que le otorga la fuente del pintor y ceramista español José Collell de 1.80 x 1.00 metros, y un mural del pintor, escultor y grabador Julio Alpuy (también de 1981) de 4.000 x 2.55 metros, el que puede divisarse desde el gran espacio al otro lado de la doble altura sobre el hall principal. En la planta baja y tercer piso se mantuvieron intactos otros murales de Alpuy, que abarca también la altura total del piso, en paredes de 4 y 6.90 metros respectivamente.

Los murales pintados, fueron los que más sufrieron el paso del tiempo desde su creación y requerirán en un futuro una restauración para recuperar la imagen original. Durante todo el transcurso de la rehabilitación edilicia los murales fueron cuidadosamente cubiertos a fin de evitar que el polvo y las inclemencias propias de una obra los afectaran.

El muralismo de Studer

Hay dos obras del pintor y muralista Edwin Studer en el edificio. Estos murales, de una gran plasticidad, se componen por volúmenes entrantes y salientes de hormigón. El más visible (de 6.90 x 2.55 metros) se encuentra sobre la fachada exterior en el tercer nivel. Por su lugar de privilegio, este mural no requirió más que una buena iluminación para verse resaltado a lo largo de todo el día. El otro, y por las dimensiones el más importante, se encontraba en lo que fuera una dársena para autos del edificio, que en sucesivas intervenciones se transformó en el espacio de atención al público del consulado. Este mural (de 8.30 x 2.55 metros) se convirtió en telón de fondo al armar la recepción principal del edificio. Por delante de él se diseñó un gran mostrador en mármol de carrara, neutro, ante la fuerza del gran mural. Este es sin duda uno de los espacios en los que mejor se ha logrado integrar los murales y el arte con la nueva función del edificio.

Sutiles intervenciones en las fachadas tienen su correlato con una revolución puertas adentro que permitió la incorporación de áreas generosas con actividades comunes a los ámbitos educativos.

Las fuentes de Collell.

Del edificio original se mantuvieron todas las fuentes realizadas en 1981 por José Collell, años después de inaugurado el edificio, en el marco de su especialización en la técnica del engobe bruñido. Están compuestas por un bloque de hormigón revestido sobre su frente con cerámicas pintadas. Estas se ubicaban en el primer piso, foyer del auditorio y tercer piso, en lo que fuera una terraza abierta, que se cerró para generar los espacios del comedor de la Universidad. Para lograr esto fue necesario el traslado y desplazamiento de uno de los bloques de hormigón que soportaba el mural, ya que era riesgoso quitar las cerámicas para recolocarlas en otro lugar.  El resto de los murales, quedaron en espacios de circulación totalmente integrados a la dinámica de la facultad, con la afluencia propia de los espacios comunes.

El tercer piso, no solo es el nivel de transición entre basamento y la torre, sino donde el arte se hace presente con más vigor, pues los 3 artistas plasmaron allí su arte El espacio de la cafetería se logró cerrando lo que era una planta libre de terrazas exteriores que funcionaban como división entre basamento y torre.

Para mantener la apertura original, se generó un cerramiento de vidrio sin ningún tipo de parante vertical, de modo de lograr la misma sensación de un espacio exterior. Esto se hizo aprovechando la estructura del edificio que en ese nivel solo descansa en columnas laterales dejando libres las esquinas del conjunto. En este nivel se ha logrado un acorde diálogo entre los murales de Collell y el equipamiento elegido, en cuyas terrazas exteriores se pensaron como una extensión de los salones del comedor.

El edificio fue sectorizado en altura, destinando el basamento para las funciones con mayor afluencia de usuarios como auditorios, bibliotecas y salas de conferencias. En los pisos superiores se instalaron las aulas y oficinas administrativas. En el piso de transición entre torre y basamento, se imaginó como si fuera el nivel “contención” de las aulas ubicadas inmediatamente en los niveles superiores, se instalaron allí el bar y restaurante, cuyas terrazas exteriores existentes fueron reacondicionadas para recibir a los alumnos en sus momentos libres.

En el piso 12, sobre la fachada orientada al suroeste, dos pequeñas terrazas contiguas pero separadas por una pared de 4 x 2,55 metros son testigo de la consecuente preocupación de Payseé en generar una arquitectura apropiada al clima, tanto en el uso de materiales como en el manejo sutil de los espacios exteriores. Así resultaron estas terrazas techadas y abiertas en uno de sus laterales, donde se reitera el revestimiento cerámico como materialidad en sí misma, simple y nada suntuosa, honesta y equilibrada como su arquitectura, recurso que utilizó en 1962 para revestir las generosas salientes de las fachadas de la sede del Banco República en Punta del Este (en Gorlero y la 25). “Las superficies se mantuvieron tal cual se encontraron, cuyas cerámicas de 16 x 8 centímetros poseen el atractivo del desgaste natural posiblemente por el paso del tiempo”, agrega el arquitecto Ponte.

Las terrazas a cielo abierto recibieron su correspondiente revitalización. El equipo de BTP Arquitectos las dotó de un cuidado diseño de estructuras de hierro y canteros contendores de grandes maceteros de hormigón. De esta forma la vegetación se hizo presente en la transición entre basamento y torre, y sobre el piso 12, que deja al descubierto uno de los gestos de materialización que como una gran cinta continua forma el perfil del imponente edificio en esquina, tal como el arquitecto Payseé Reyes imaginó garabateando sus alzados primarios. 

 

El proyecto no solo tuvo en cuenta los murales existentes y se comprometió a preservarlos, si no que los tomó como punto de partida en la organización de algunos espacios.

Arq. Barrós Tomé

 

ARQUITECTO Y MAESTRO, defensor de las artes plásticas

Mario Payseé Reyes (1913-1988) arquitecto, catedrático y autor de relevantes obras, sobre todo en la órbita pública nacional y también a nivel regional. El edificio proyectado en 1977 para la embajada uruguaya en Buenos Aires sin dudas sentó sus bases para el encargado por el mismo comitente (Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay) en Brasilia, como sede diplomática de nuestro país en Brasil, a pesar de responder a tipologías e implantaciones completamente diferentes. Ambos proyectos contaron con la colaboración de los arquitectos Perla Estable, Nayla Laxalde, Carlos Pelufo, Mario Harispe y Marcelo Payssé.  A lo largo de toda su obra se aprecia la intención explícita de integrar arquitectura con artes plásticas, donde además del edificio Seminario de Toledo y su propia casa en Carrasco, en la cancillería uruguaya en Buenos Aires incorporó la propuesta compositiva del Taller Torres García, consolidando desde su mirada una versión del Movimiento Moderno fuertemente enraizada en el medio latinoamericano. Como alumno directo del Arq. Julio Vilamajó y luego su principal asistente, heredó sin dudas la necesidad de experimentar a través de revestimientos con fines expresivos, y la incorporación del arte como elemento plástico que caracterizó su obra. En tal sentido, en el programa diplomático original del edificio, el arquitecto adhirió obras de Julio Alpuy, José Collell y Edwin Studer, todos alumnos del Maestro Joaquín Torres García, pintor uruguayo creador del universalismo constructivo. 

“Payssé puede ser considerado uno de los mayores herederos de Vilamajó y uno de los mejores exponentes, sino el mejor a secas, de una línea de “resistencia” que dio los mejores frutos de la arquitectura en Uruguay”, concluye el Arq. Emilio Nisivoccia en el el
mencionado trabajo editorial “Mario Payseé o el arte de construir”.

Perspectiva, tinta y lápiz color sobre papel, 67 x 96 cm. IHA.Pl.18865  Perspectiva, tinta y lápiz color sobre papel, 67 x 96 cm. IHA.Pl.18865 publicado en “Mario Payseé o el arte de construir”, recopilación de su obra entre 1940 y 1980 bajo la autoría de los arquitectos Mary Méndez y Emilio Nisivoccia promovido por la Intendencia Municipal de Montevideo, el Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, el Instituto de Historia de la Arquitectura de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (UdelaR), 2017 ISBN 978-9974-8620-2-9, versión digital blanes.montevideo.gub.uy – Fadu.edu.uy.
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