Habitar una escultura

Una casa como pocas, esculpida por las rocas de La Rinconada, punto donde comienza la playa Solanas. Su particular historia la ubica como un fenómeno de respeto al entorno costero que pocos uruguayos conocen. 

Seguramente muchos no hayan percibido este refugio en Portezuelo. Pero los que sí lo hicieron, coincidirán que casi no hay adjetivo suficiente para describir la sorpresa que se experimenta, no solo al recorrerla interiormente, sino al ser uno literalmente “invitado” por los dueños de casa a pasar, tomar asiento y compartir un mate cocido, o si es verano agua fresca con romero. Grisel y Ricardo son sus anfitriones, que desde diciembre a marzo abren su hogar para quienes deseen escuchar la historia de su casa-escultura, agazapada a la castigada sierra de la costa mansa del lomo de la ballena puntaesteña.

Este sitio existe desde tiempos inmemoriales. Como lugar protegido de las inclemencias del tiempo, fue refugio de charrúas, náufragos, pescadores y campesinos. Darwin lo visitó en 1835, Don Antonio Lussich compró las tierras circundantes que incluían este lugar en 1896.  Desde 1958 fue el refugio de un pescador que guardaba allí redes, alambres y cañas “porque el agua nunca llegaba”, totalmente incrustado en la roca y con la ubicación que cualquiera soñaría al imaginar una casa de veraneo: solo abrir la puerta para tocar el mar.

En la primavera de 2005, Grisel sentía que su mundo se derrumbaba, tras haber fallecido su papá, su mamá se vio obligada a vender la casa de tantos años que le había permitido disfrutar toda su vida de ese rincón de la costa uruguaya. Desolada, acudió a despedirse de ese lugar que tantas alegrías le había dado desde niña, pero el destino tenía otros planes. Emilio Pereyra, ya veterano en la pesca y a quien la naturaleza concedió gentilmente ese sitio en una más que codiciada primera línea, la encontró sentada en las rocas de la playa y tras reconocerla decidió que sería la persona indicada para traspasarle su casa, la cueva. La propuesta del amigo pescador  le permitió adueñarse de la magia y proyectar su mejor lugar en el mundo. A través de una compra simbólica, lo que Grisel podía pagar era lo suficiente para que Pereyra y su señora dejaran atrás una vida de trabajo entre la roca y el mar, comenzó a gestarse un sueño en su pedazo de costa uruguaya, con exactamente la misma vista que tenía desde su casa paterna, 500 metros cumbre arriba, al otro lado de la ruta.

  

Habitar un pez rocoso. Grisel Maymó es una talentosa artista plástica argentina y fue por mano propia que en 2006, con el asesoramiento de una amiga arquitecta, decidió honrar la escultura y transformarla de cueva a casa para pasar de contemplarla a habitarla. Cuenta Grisel que a pesar de que su compañero Ricardo Milberg no estaba muy convencido de la adquisición decidió seguir adelante. “Me dijo que no iba a poner un peso en un basurero”, recordó.

Ricardo, también argentino, se dedica a la compra y venta de cuadros, y luego de 11 años es casi un hombre de mar, poco a poco vivió el enamoramiento que vislumbró Grisel desde el comienzo. En escasos meses lograron hacer de la cueva una casa; fumigaron grietas, materializaron el acceso peatonal, utilizaron la losa existente como entrepiso y construyeron la nueva cubierta, baño, cocina y salamandra para el invierno que lleva el calor por ducto, forrado en piedra, hacia el dormitorio. Con mucho ingenio Ricardo realizó la instalación de abastecimiento de agua que comparten con un vecino, el sistema de desagote y panelería solar que les suministra luz.

Un pasillo de roca. Se accede por dos senderos al llegar al cul-de-sac de la Avda. Gaviotín, contiguo al estacionamiento de la bajada a la playa, uno de ellos conduce directo a la arena y el otro sube levemente y lleva a un pasillo de roca de 800 metros de largo, que va rodeando lateralmente la loma hasta llegar a la escalera de cemento, que hace sumergirse en la casa-escultura. Cuando Grisel llegó ya existía la losa de hormigón armado, hasta ese momento era el techo del refugio de Pereyra, construido gentilmente por el edificio vecino al hacer sus garajes a nivel de subsuelo. El nuevo muro que construyó Grisel  para agregar un nivel al existente y donde ubicar su dormitorio tiene unos 3 metros de longitud y un espesor variable, conformado con la misma piedra del lugar, de aproximadamente 20 centímetros, el límite que Grisel podía levantar. Piedra, cemento y manos fue solo lo que se necesitó.

“Hemos visto los atardeceres más hermosos, pero también a veces el agua se lleva algo. Cuando vivís en un lugar así se siente la tempestad, pero la magia supera cualquier cosa.”
Grisel Maymó

La cueva inspiradora. El prestigioso artista uruguayo Daniel Escardó, ha anclado allí su barca de inspiración para varios de sus proyectos escultóricos, y es uno de los grandes defensores para que esta escultura surgida de la roca perdure en el tiempo como valor patrimonial.

 

Gran escultura o mínimo refugio. El nivel donde se ubica la cocina-comedor y el pequeño estar no mide más que 3,5 x 7 metros. El baño se hizo en dos gabinetes hacia afuera, pues no daba el espacio en el interior. En una de las paredes Grisel replicó el revestimiento de la casa más antigua de Colonia del Sacramento,  cuadrangulares con piedritas y palitos recogidos.  La bacha antigua de campo al comienzo fue lavatorio de manos y pileta de cocina, hasta acondicionar la mesada original donde se lavaban pescados y mejillones.

Ahh… ¿es una casa? De los doce meses nueve pasan acá. Ambos son jubilados y disfrutan a pleno los días sin prisa. Puede que en ocasiones el viento sople demasiado, pero las bocinas no perturban la charla bajo los tres transparentes que colocaron en el patio al mar, que soporta excelentemente la primera línea del mar y donde crecen arbustos de hoja perenne y verde brillante. Los turistas en verano llegan curiosos a investigar algo que no se entiende mucho qué es, sobre todo en el atardecer cuando las ventanas dejan entrever que no solo es una simple roca. Ahh… ¿es una casa? Casi no se nota, exclaman sorprendidos en un balneario que lo más común es mostrar hacia afuera, y no puertas adentro.

Un jardin silvestre. Como si fuera poco, no solo el mar privilegia su patio, Grisel se da el lujo de tener un rebosante jardín en la misma piedra, con flores silvestres, tunas y suculentas, que cuida con la garantía de ver un nuevo renacer a pesar de los fuertes oleajes producidos por las tormentas. Sin titubear un segundo señala: “vuelvo a empezar hasta la próxima crecida” al preguntarle por el día después de un jardín de postal, y con su siempre sonrisa pierde nuevamente la mirada en la playa de su entrañable infancia.

La humedad con sabor roca. Uno puede advertir que vivir en una roca no debe ser lo más confortable. El frescor inigualable que produce el verano en su interior tiene la contrapartida del reguero propio de ser el final de una sierra. “A veces la pared llora porque se filtra la bajada de agua, logramos con productos detenerlas bastante pero igual a veces pasa, por las dudas en invierno nos arreglamos con un deshumidificador eléctrico y logramos mantener la magia con una salamandra que armamos nosotros con ladrillos, y es también es un hornito ahumador”, cuenta Grisel.

A pesar de la nostalgia por la casa de su mamá no pudo traer ningún mueble porque literalmente no entraban, solo adornos y ollas la acompañan de aquella etapa. Los ojos de buey los adquirió en remates. “Los coloqué donde la roca me dejó, las ventanas triangulares repiten la forma de las grietas de la roca. No me daban los espacios entre los agujeritos de la roca”, recuerda.

El mar todo lo devuelve. Grisel nunca imaginó lo positivo que sacaría del gran temporal del 2005. Aquel pescador de rostro familiar, le dijo que su plazo allí había terminado pues su señora le había dado el ultimátum para abandonarla. Desde entonces, documenta firmas de más de 80 arquitectos de muchas nacionalidades que llegan a Punta del Este y acuden para visitar el gran pez de roca. “Pensar que un día yo vine a despedirme”, rememora.

No es patrimonio pero debería evaluarse, por tratarse del compromiso de vivirla y sumar a la comunidad para que no se destruya. Ahora lo hace Grisel, mañana puede ser otra persona. Es su mayor deseo que las olas sigan golpeando esta mágica gruta, que se mantenga como producto de la búsqueda del respeto por el entorno, con materiales del lugar y que en nada altera la costa. Todo lo contrario, su habitabilidad suaviza más aún el paisaje.

 

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