Las Ballenas casa de mar

Una casa encantadora, que desde lo alto de la falda norte de la Ruta Interbalnearia, balconea al lomo de Punta Ballena y cuenta una historia a través de su mobiliario antiguo, recuerdos de viajes, reliquias de familia y arte contemporáneo. 

La historia de Las Ballenas comenzó hace más de un año, y no se relaciona con las simpáticas moles que visitan la costa puntaesteña cada primavera, sino por el encuentro casual de Anna Trivella, italiana radicada en Uruguay, con Lucas Rodríguez Bazzurro. Él, agente inmobiliario y juez internacional All Breeds Dogs. Reside todo el año en Montevideo, pero su pasión por la decoración no deja pasar por alto oportunidades de transformar un refugio abandonado en un nuevo hogar. Ella, es su actual vecina además de amiga, y quien le habló del lugar que despertó de inmediato el amor por esta chacra antigua. En marzo de este año Lucas tomó posesión de la casa y desde entonces no ha parado de embellecerla, con mucho ingenio, además. En Las Ballenas nada es ostentación, todo tiene un justo equilibrio. En estos apuntes, Lucas R. B. nos relata en primera persona sus vivencias y pertenencias en esta morada entrañable de fines de semana.

Las Ballenas es una especie de apartamento en planta alta en una vieja casa de chacra con más de cien años, y a escasos 20 metros de la ruta. Se accede por una escalera lateral hacia una gran terraza cubierta, desde donde se divisan los arboles originarios del bosque nativo y otros plantados posteriormente de la mano de la urbanización. En estos bosques conviven varias especies animales ya casi extintas, como los Guazú Virá que salen en la madrugada y a la tardecita a tomar agua en la cañada; relativamente mansos, por lo cual se acercan a la casa a comer el pasto circundante y alguna que otra ración que Anna les deja a propósito, en medio de sombrías ensenadas y grandes matas de lavandas.

Un antiguo mueble tuareg de viaje, adquirido en una subasta (Remate de Carrasco de Ricardo y Claudia Strauch), es una especie de alacena transportable con un asa de hierro a cada lado en madera y chapa, recubierto con lonja de camello. Sobre él, una escultura en chapa de un artista canadiense (comprada en el Shop de los Butchart Gardens en British Columbia). La compra de esta obra tiene su propia historia y peripecias. Entré al lugar y este señor estaba justo exponiendo sus obras. Ver el perro salchicha y comprarlo fue cuestión de minutos. Luego resolvería como traerlo a Uruguay sin que se rompiese, pero llegó sano y salvo para ser el custodio de Las Ballenas. Sobre este conjunto una obra del pintor uruguayo Mauricio Sbarbaro, radicado en Cadaqués, Catalunya, donde realizó esta acuarela con una torre característica de esta región.

En la base de la escalera dos grandes ánforas españolas -utilizadas en la época colonial para transportar y almacenar granos- ofician de gigantescos macetones para Cactus opuntias. Sobre el ladrillo visto del pavimento de la escalera descansan recipientes de cobre (originalmente tanques de calefones) con bromelias nativas y espadas de San Jorge. La terraza, con una vista de 180 grados, está habitada por una gran variedad de bromelias y cactus, en macetas de latón turquesa de Croacia (de De Arcos Deco), y de cerámica de gres en verdes pastel, de un anticuario en Portezuelo. La vedette: una orquídea a punto de florecer.

El piso es tan rico estéticamente en su terminación que al principio me negaba a ponerle nada arriba pensando en el disfrute veraniego y siendo fiel con lo que debería ser una “casa de mar”. Un día, en invierno, el frío era tan intenso que resolví traer dos antiguas alfombritas persas. Así, al menos en mi mente, logré sobrellevar mejor el frío infernal, especialmente cuando los vientos del sur llegan desde el océano y bañan este universo maravilloso con sus gélidos suspiros.

Un viejo escritorio del correo en chapa, muestra indicios de que en algún tiempo estuvo pintado de colorado y ahora su superficie luce un elegante deterioro. Perteneció -según me dijeron- al antiguo correo de Maldonado, y hoy oficia de mini bar para agasajar a los amigos.

Un grupo muy minimalista. Mesa con un dejo vintage en color crema y un decapé que muestra el transcurso del tiempo. Sobre ella, una rueda de piedra de un antiguo molino, un bowl en cerámica de una artista de Sauce de Portezuelo, y un plato de cerámica con insertos de metal plateado en la argamasa. Un gran cuadro del artista Carmelo de Arzádun, que representa a su hijo Néstor secándose después de un baño. Todo, custodiado por un viejo ánfora, supuestamente fenicio, rescatado de un naufragio y adquirido a un señor alemán. Al otro lado, una rama seca de árbol rescatada del monte.

Diseños de varios orígenes arman el living. Un sofá de dos cuerpos en ratán con manta hindú en lana de cabra, otro en metal y cordón de papel (diseño de Juana Boix); dos sillones en mimbre pintados en turquesa con almohadones en lana de cabra y un silloncito en chapa y caño de metal (imitación de uno vienés que tenía mi madre, que a su vez perteneció a su bisabuela, Olivia Sierra). Fue realizado por los artesanos de Boix, imitando al original que está en mi casa de Montevideo. A ambos lados del sofá las mesitas auxiliares son de un taller artesanal (Las Nereidas) al borde de la ruta en Ocean Park.

El cuadro que protagoniza el living es una obra de Santiago Díaz Guichón y fue donado por el artista para el Remate 2017 realizado en la Fundación Atchugarry a beneficio de Pro Sodre. Integra una serie numerada de obras llamada “Jefe de tribu”, y simbolizan a los jefes mayas sublevados, pintados para la guerra defendiendo sus territorios de las invasiones españolas. Me impactó como el artista pudo plasmar en sus obras tanto dolor y a su vez tanto orgullo. Dominados, mancillados, avasallados, y de alguna forma exterminados en el nombre de la Cruz, pero concretamente, vapuleados y despojados de todos los bienes que tenían algún valor económico en Europa.
Las lámparas, a ambos lados del cuadro, fueron realizadas a partir de unas hojas de chapa que durante muchos años tuve colocadas en mi jardín de Montevideo. La lámpara del techo -conseguida en un anticuario en Portezuelo- es francesa, en hierro y cristales biselados.
Por sus grandes dimensiones, seguramente perteneció a algún porche de entrada en alguna casa quinta de El Prado o Colón. La mesa del comedor, como también la de la terraza, son los dos muebles originales de la chacra, con sus patas de hierro pintadas y descascaradas, y la tapa de madera dura al natural. El contraste lo hicieron las sillas en tono similar, inspiradas en el modelo Eames (de De Arcos Deco). El centro de mesa fue regalo de unos buenos amigos limeños, y es una antigua cerámica incaica traída de Arequipa.
Living y comedor comparten un único espacio, que antiguamente fue el atelier de un escultor. El piso es de portland lustrado con insertos que simulan canteros de lavanda. A la izquierda, una vieja cómoda italiana campagnard del norte de Italia, en madera rubia y con tapa de mármol Green Forest (de Bagno & Company). Sobre ella, la escultura en granito negro de una ballena en actitud de juego de Francisco Winterhalter, adquirida al rematador Luis Ignacio Gomensoro (Galería TazArt). Junto a esta pieza reposa una lámpara en hierro forjado y lonja (de Cantú Antiques & Furniture).

El mueble del comedor, realizado por un artesano local a partir tablones de obra, está plagado de señuelos de caza con un sentimiento muy particular que viví recientemente cuando fui a juzgar una exposición de perros en Chemainus, British Columbia, Canadá. Es una maravillosa región de lagos espectaculares, lugar de retiro de los canadienses de buen nivel económico como también de cazadores amateurs. Recorriendo el lugar encontré muchísimos anticuarios, y en ellos, estos señuelos para cazar patos. ¡Odio la caza! Pero desde el día en que los vi, pensé en todos los pobres patos que habrían muerto engañados por estos señuelos y todos los que podrían seguir muriendo si caían en manos de otro cazador.
Por eso, el día antes de regresar, cerré los ojos, sin pensar en el precio y como traerlos, y los compré todos. Tuve que comprar una valija extra para poder trasladarlos en buenas condiciones. Y aquí están ahora; cada vez que los miro pienso en cuantos congéneres reales estarán felices dis-frutando de ese lugar maravilloso de lagos y bosques al costado de Vancouver. Me recuerda, además, a María Elena Walsh y su triste canción “La pájara pinta”, viuda del pájaro Pintón. El candil de pie del norte de Afghanistán, está tallado en una sola pieza de madera.

Huellas de la Belle Époque. Al costado de la mesa del comedor, una pequeña mesita plegable inglesa de caña malaca oficia de mesa de arrimo para las bebidas en caso de una reunión. Y sobre ella ¡una reliquia que amo!: Un rosetón de hierro forjado cuajado de flores y espigas que en algún tiempo supo ornamentar la cúpula de una glorieta en el parque de alguna casa quinta en la calle Buschental en el Prado, sobre fines del siglo XIX.

Ballenas, cual cardumen. La ballena que cuelga en la pared fue la que dio nombre
a la casa. Fue lo primero que compré. No fue pintada, solo tallada, realizada por un
artesano de Ocean Park a partir de un tablón recogido en la playa, de esos que trae el
mar. El color se debe, en parte, a resabios de los colores originles con que alguna vez
fue pintado, y al desgaste de la vida en el mar con huellas de caracoles y moluscos. En
la casa, como líder que hace honor a la especie, motivó la aparición de otras ballenas
que cual cardumen pueblan los diferentes rincones de este refugio de mar.

El gran espacio central comunicaba la parte privada con un pasillo a través de una puerta, y hacia los dormitorios, el baño y la cocina. Allí consideré oportuno realizar un pequeño hall, hecho con tablones de obra pintados de blanco que oficia de pasaje a los sectores más íntimos de la casa. Un antiguo espejo de Afghanistán recibe con su pátina azulada y nos devuelve nuestra propia sonrisa. A un lado, un desnudo del pintor uruguayo, Domingo Mattos, y más abajo, una obra perteneciente a una serie de acuarelas de flores silvestres de una artista uruguaya muy joven, Fiorella Giannattasio, que vivió varios años en Suiza y ahora está radicada en Paraguay, dueña de un gran manejo del color, con delicadeza en el trazo y una pureza excepcional.

Cactus en su hábitat. Junto al escritorio-bar una plataforma de chapa de barco cubre
una superficie grande de piso cual alfombra.
Sobre ésta dispuse una colección de cactus de diversos orígenes, la mayoría comprados
a un matrimonio de húngaros que hace unos años se radicaron en un campo próximo a
San Carlos. Al venirse, trajeron todas sus plantas crasas y cactáceas e improvisaron
un vivero en el medio del bosque mientras construían el definitivo, cediéndome aquellas plantas castigadas por el viaje. Cada vez que las miro recuerdo los cuentos de mi abuelo Domingo Bazzurro, sobre las personas que llegaban cuando la Guerra de 1915; sobre el bagaje cultural que traían, como también los traumatismos en sus cuerpos y especialmente en sus almas. Les tengo mucho cariño y vengo a esta casa durante todo el año, con la regularidad necesaria para ocuparme de ellas y velar para que vivan felices en este ambiente que es casi un invernáculo.

En la cocina utilicé una tonalidad azul-turquesa muy propia de las casas isleñas de Grecia para dar color a las aberturas de la distribución interna de dormitorios, cocina y baño. Allí se almacenan alimentos y vajilla, todo muy básico. Nada está solo de adorno y todo cumple una función. La cocina es muy amplia y tiene una estufa a leña cuya chimenea de hierro calienta el dormitorio principal que está detrás. Una barra con taburetes oficia de desayunador, y una gran mesa central es la unidad de apoyo de la mesada. En la pared lateral otra estantería, también turquesa, con la vajilla de uso diario. Al costado, otro cuadro floral, posiblemente inglés, rescatado de un anticuario en Port Elizabeth, Sudáfrica. En un rincón, una vieja alacena (de Incasa Homestyling, La Barra) y una fiambrera de colgar rescatada de la feria de Tristán Narvaja, me transporta a la cocina de una casa encalada en Mykonos. Las cortinas son de arpillera y las abrazaderas hechas por Mónica Crosa a partir de mechas de rafia y lana con caireles de cristales facetados antiguos en distintos colores de la gama del ámbar, el chocolate y otros transparentes.

Dos dormitorios pequeños y con tapices cálidos que ofician de cuadros, apropiados para los meses fríos del invierno. El dormitorio principal, tiene la cama y las mesas de luz de albañilería, y una vista única hacia el tupido bosque circundante a través de las floridas ramas de una Santa Rita. El cuadro es un antiguo tapiz de origen incaico traído de Perú. Las cortinas son de tela de jean, y las abrazaderas, también de Mónica Crosa, hechas a partir de hilos azules y caireles antiguos en las mismas tonalidades que van desde el violeta al añil. El segundo dormitorio, con buhardilla, oficia también de escritorio en base a una vieja mesa de cocina y una lámpara de ratán. En el hall de ambos, un cuadro del dibujante ecuatoriano, Diego Olalla, titulado “Un gato llamado Osho”.
En Las Ballenas, casa de mar, me pierdo maravillado en un lugar de ensoña ción, entre el verde salvaje de la floresta circundante, arrullado por las olas y un azul infinito. Éste es mi lugar en el Este.

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