LEER jugando. JUGAR trepando.

Fotos Fernando SOSA

Érase una vez… un parque, un libro, un juego y una merienda. Un espacio infantil, gestado a partir de acciones que incluyeron una cuidada rehabilitación edilicia, el diseño de mobiliario y el arte plástico, y que fusionadas con otras disciplinas, alcanzaron algo más que el sueño de una pareja venezolana: una necesidad en Montevideo.

Galartija nació serpenteándose ¡y vaya si se hizo su lugar en su guarida! Un punto de encuentro en el corazón de Carrasco, sin precedentes en Uruguay, que alberga una propuesta multifuncional donde los niños de 0 a 12 años tienen a disposición un espacio didáctico con juegos, lectura,  talleres lúdicos, además de ricas tortas, laptops, dibujos y montañas, en los que se vieron felizmente enredados la arquitecta Mariana Ures, los diseñadores Agustín Menini, Carlo Nicola, Lucía Guidali y la muralista Florencia Brandino, desde fines del 2016.

Una travesía sudamericana 

Manuel Macero es ingeniero mecánico, trabajó los últimos 25 años en una empresa automotriz asiática. Rossana Roncaglia, su esposa, es internacionalista y durante 18 años ejerció al frente de una compañía dedicada a comercializar repuestos para tractores y maquinaria agrícola. Ambos son venezolanos y llegaron a Uruguay en medio del aluvión que desembarcó a tantos preparados trabajadores en busca de nuevos horizontes. Con 3 hijos y mayores de 45 años asumieron que no les sería fácil insertarse laboralmente. Luego de no concretarse el proyecto al que apostaron previo a su viaje de asociarse a una empresa local del rubro de la construcción, comenzaron a pensar en una inversión propia pero en un área nueva para ellos.

“Como padres nos pareció que la oferta recreacional, especialmente cuando el clima es adverso, era un campo virgen y nos arriesgamos. La concreción de este proyecto que abrazamos durante 2 años es una mezcla de sueños, necesidades, y osadías. En los años 90 estuve a punto de abrir un café-libro en Caracas, pero finalmente la idea mutó a este espacio amigable a las familias con hijos chicos, en el que pudieran pasar cosas interesantes para todos y en Montevideo, la ciudad que nos albergó. Acompañando esa locura y mucha ayuda uruguaya nació Galartija, nuestro hijo uruguayo”, comenta Rossana.

Manuel y Rossana se valieron de la intuición y el sentido común. Enseguida que llegaron se vincularon con los padres de los nuevos compañeros de sus hijos y otros compatriotas desperdigados por la ciudad. Con el proyecto ya en mente y a sabiendas de que había parámetros que debían manejarse con un enfoque más tradicional, supieron que renovados atributos y originales apuestas para los más pequeños harían la diferencia, por ejemplo, priorizando la calidad en el diseño de las instalaciones y del equipamiento. Así comenzaron otro capítulo de la travesía, anclando en una casa que en otros tiempos contaba una historia diferente.

“Nuestro hijo uruguayo ha sido gestado en un vientre subrogado, el diseño de Galartija tiene una madre que se llama Mariana Ures.  La conocimos por habernos encantado el diseño del Liceo Federico García Lorca, que bajo su autoría tenía una mezcla genial entre preservación y contemporaneidad, así que contactamos a Mariana y ella no solo se aseguró de preservar un típico chalet de Carrasco que sobrevivía bajo el olvido en un padrón de la calle Cooper, sino que nos guió en el universo del diseño uruguayo. Con ella  vino la asesoría de Plutón para el nombre e imagen, el apoyo de Menini-Nicola en el mobiliario, la genialidad de Lucia Guidali diseñando el parque, la infinita dulzura de Virginia Mórtola en el pensar la librería, los talleres, las actividades y el futuro Galartija móvil”, comenta Rossana a dos meses de la apertura y expectante de que en breve se haga realidad este proyecto de mini librería rodante.

 

Me pareció interesante que Galartija pudiera salir del espacio físico concreto, para llegar a escuelas y armar picnics de lectura al aire libre con un mobiliario que la representara, y así surgió la idea para podernos trasladar a diferentes puntos, tiene manteles y almohadones para ampliar su funcionalidad”, comenta Mórtola, especialista en libros infantiles y de la minuciosa selección de títulos, principalmente ilustrados.

 

 

Avanzado el proyecto de arquitectura, el desarrollo de la batería de equipamiento de mobiliario, las intervenciones pictóricas en soportes interiores y exteriores, y la cartelería, fueron generando y fortaleciendo la identidad de marca de Galartija y su potencial comunicacional.

 

 

El patrimonio en clave didáctica

“Esta casa de la calle Cooper presentaba signos visibles de deterioro y falta de mantenimiento, pero la solidez estructural y el caracter arquitectónico del chalet, sumado a su ubicación, hacían apta y deseable su recuperación”, afirma la arquitecta a cargo, quien en conjunto con Rossana y Manuel se embarcó en meses de búsqueda desde su rol de asesoramiento arquitectónico para poder seleccionar el inmueble que cumpliera con características de área, accesibilidad y espacialidad. Tras encontrar este típico chalet de dos plantas, construcción de mediados de siglo pasado muy común por su distribución interna y aspecto estético de  los barrios más al este de Montevideo como Malvín, Punta Gorda y Carrasco, no vacilaron en descubrir que sería el lugar para que habitara Galartija. De esta forma, lo que fue una clásica residencia de veraneo de la calle Cooper (entre Alberdi y Costa Rica) protegida patrimonialmente bajo la órbita de la Comisión Especial de Carrasco y Punta Gorda, cobró una vida especial, colmada de risas, lecturas y travesuras infantiles.

Al momento de la concepción de Galartija, Ures traía consigo un backup vinculado al diseño arquitectónico que ubicaba a los niños como principales usuarios debido a su estrecho vínculo con el Colegio García Lorca. Sin embargo, fue la primera experiencia en la que abordó un espacio dedicado a los más pequeños desde una mirada más recreativa que educativa, pero que sin dudas facilitó una aproximación sensible y a su vez experimentada en el diseño de espacios que van a ser habitados por niños.

 “Fue la primera vez como proyectista de un programa que abordé la cuestión de género o la idea de arquitectura con perspectiva de género, de modo consciente. Aunque sea una noción que manejo más bien desde lo intuitivo, entiendo que la propuesta de Galartija se inscribe en una tendencia internacional de producción de espacios para la recreación de los niños y sus familias, y en ese sentido es innovador. Es natural que este tipo de exploración se impulse desde el ámbito privado y es deseable que se extienda al ámbito público y al espacio urbano”, agrega Ures.

Es por este invalorable marco sensitivo, que hace muchas veces la diferencia en qué profesional proyecte y ejecute una obra, que la arquitecta rastreó la documentación en archivo de este inmueble, cuya fecha de primer permiso de construcción databa de año 1948, fue tratado con tanto respeto como intención de continuidad en algún punto. “Gracias al trabajo con estos documentos antecedentes sabemos por ejemplo que al espacio donde hoy se encuentra la librería, en los planos originales se le llamaba “Fumoir”, así, en francés. Y a la sala de presentación de libros y realización de talleres en planta alta, en estos planos antiguos, se la llamaba “Mirador”, posibles coincidencias. Trabajar con la historia del lugar, desde la materia hasta los planos nos da la posibilidad de establecer guiños entre el edificio que fue, el que quiso ser y el que queremos que sea. Había que hacerse de esos recaudos y ponerlos en juego en el proyecto”, afirma  la arquitecta, convencida de la importancia que tuvo el proceso en esta vivienda anónima pero cuya historia aportó un valioso arraigo en la materialización.

 

Espacio y materia.

El espacio habla por sí solo. Pero tanto más interesante es leer la intención que el discurso arquitectónico avaló el proyecto en cuestión. “La intervención en el inmueble es una obra de recuperación, en primer lugar. Se respeta y recupera la envolvente: forma, materialidad de las fachadas, texturas, relación entre muros y vanos. Se prevén acciones de mantenimiento como pulidos e hidrolaqueados en pavimentos de madera, recuperación de herrería en aberturas, aberturas de madera. Del mismo modo, se acondiciona el revestimiento de piedra librillo, y las tejas que hacen a la composición de fachada. Baños y cocina se terminan con un acabado impermeable continuo color cemento. Como elemento significativo recuperado y puesto en valor se destaca la presencia de la escalera de monolítico que nace prácticamente sobre el acceso de la vivienda. La intervención sobre la construcción existente modifica solamente el volumen de la zona de terraza, última pieza hacia el fondo, cerrando la superficie de la misma”, explica Ures.

 

Un parque sensorial

Todo rincón de la construcción existente fue intervenido, incluso el gran jardín posterior en el cual se proyectó el parque. Este es una obra nueva con techo liviano que ocupa un área de 11 x 12.5 metros y alcanza una importante altura, pero que volumétricamente desde la calle no interfiere en la apreciación visual del inmueble original. “En el parque se buscó  generar una espacialidad generosa a partir de la máxima expansión en planta que nos permitía la normativa urbana, con planos inclinados para desdibujar el efecto caja y techos con distintas pendientes. A su vez, garantizar la máxima seguridad para los niños y un buen asoleamiento. Al norte un patio logra atrapar el sol y volver a tensionar el espacio interior en el corazón del parque, con planos de vidrio que se pliegan hacia el interior”,  señala la arquitecta.

Las paredes del parque, construidas en bloques de hormigón coronados por una cinta de ventanas y tabiquería liviana, reproducen al interior flora, fauna y elementos que simulan habitarlo, como por ejemplo pasajes colgantes, casas a lo alto y un sector para escalar. Un gran mural pintado por Florencia Brandino, le da marcos a diferentes micro espacios: uno para bebés armado con almohadones especiales que contiene juegos acorde a la edad, instrumentos musicales  y móviles colgantes; otro para deambuladores, o sea para edades donde ya caminan pero aún no trepan ni suben a los juegos, luego los aventureros que disfrutan de la casita y tobogán a la piscina de almohadones, y otro para exploradores, donde los más grandes realizan sus hazañas de alto riesgo.

Una cuevita-galería. Los pequeños allí transitan la lectura entre cómodos almohadones, y como son los protagonistas pueden elegir ejemplares e investigarlos, sin que nadie los observe por tocar los libros, como sucede en países desarrollados. “La librería ofrece a los niños un espacio con mobiliario a su escala, definido tanto por las características visuales como por la experiencia que propone juegos internos para que puedan apropiarse del espacio. Se creó una cuevita, donde anteriormente estaba la estufa a leña, para aquellos que gusten acomodarse en la alfombra a leer. También hay un cajón lleno de libros que funciona como biblioteca para que puedan manipular y leer a su gusto, y rincones”, agrega Mórtola.

 

Muebles que relatan cuentos

Este proyecto se caracterizó por varias instancias de trabajo en equipo. Diseño arquitectónico, de mobiliario y expresión plástica estuvieron al servicio de la propuesta y a su vez dispararon, como el buen diseño manda, tipos de conexiones, microclimas e intersticios que desde las diferentes actividades necesitaban lugares específicos. El Estudio Menini Nicola fue pilar fundamental para la interpretación del aspecto lúdico tanto de los juegos, bibliotecas, mesas para los distintos espacios, recepción, etc.

“Trabajamos en un proceso de desarrollo donde fuimos validando y construyendo entre todos cada una de las etapas: primero el concepto,  luego los primeros bocetos, primeros renders, ajustes, más ajustes y más ajustes, hasta llegar a la ejecución y allí nuevamente ajustes. Como sucede en este tipo de proyectos innovadores, es la constante búsqueda del camino entre el ideal conceptual y la realidad productiva/económica”, detalla Carlo Nicola.

 

 “Galartija es hija de una locura venezolana, y muchas cabezas y manos uruguayas.” Rossana Roncaglia.

 

El estudio incursionó en nuevos recursos y formas materiales que no había abordado en profundidad al momento, como por ejemplo, el techo de la recepción: buscamos generar confort sonoro con textiles suspendidos sobre el espacio” según explica Nicola. Allí se encuentra Milagros, la librera, quien recibe y explica las actividades ni bien se ingresa. La recepción está contigua a la escalera que va a la segunda planta, donde se definieron los espacios dedicados a talleres, ya que la propuesta no se limita a lo recreativo. Allí se generaron consultorios especializados a los efectos de apoyar a los niños desde el trabajo terapéutico, se ubican junto a la sala Mirador. La pared de la escalera tiene la picardía de un gran pizarrón, donde grandes manchas (que se asocian a la identidad comunicacional de Galartija) están adheridas en vinilo pizarrón y son tela de pequeños artistas, donde crayones en mano despliegan ocurrentes repertorios.

El estudio del del diseño de los diferentes elementos se basó sobre todo en bajar considerablemente el promedio de edad a “usuario niño”, pero a su vez proyectar a “escala de parque” lo que conformó parte del desafío para la diseñadora Lucía Guidali ya desde la concepción general del espacio parque. El equipamiento fue desarrollado para ir atendiendo los requisitos de cada espacio, según relata Agustín Menini: “Construimos el relato de la visita a Galartija, tomando como inicio el porche de la casa, equipado con dos sillones de mimbre, invitando a tomarse un rato y ya comenzando a contar una historia. Una vez adentro, la recepción es el resumen entre la cafetería, la sala del piso superior y el parque, entendíamos que debía ser algo institucional, pero sin caer en una simple aplicación del logo. El equipamiento del café se pensó en alturas, comenzando desde abajo, atendiendo a los más pequeños, la zona que llega hasta la librería apuesta a estar sentado en la alfombra, en almohadones, incluso recreando la estufa y generando un bonito escondite de lectura.”

 

Predomina el color blanco y las terminaciones son las de los materiales como el lapacho del piso, el gris los baños, el hormigón lustrado del piso, o el galvanizado de la cañería de eléctrica, que es casi una luminaria en sí misma, Así, los muebles y objetos de colores logran ser apreciados en sus texturas y acabados, y resaltar en armonía.

 

En paralelo al diseño interior se trabajó en el paisaje y diseño del espacio exterior, pensando en que cada lugar pudiera ser objeto de juego, contemplado desde la sorpresa o motivo de aprendizaje. El pasto que existía en el jardín se restituyó con sectores verdes en canteros continuados sobre las medianeras libres con estrelitzias, nandinas y durantas, mismas especies del patio interior, una suerte de tragaluz para el sector de un “arenero seco” para los más chiquitos, en el interior del parque. También se incorporaron micro estructuras para el crecimiento de enredaderas y colgantes, y el correspondiente sistema de riego que mantiene en crecimiento la propuesta, la huerta que abastece la propia cafetería y un florido jardín delantero.

 

Niños, familias con lugar propio

El destino buscado consta de un parque sensorial para niños, y una librería y cafetería para las familias que asisten a acompañar a sus hijos, detalle que no siempre es tenido en cuenta. Así “Café Contento” articula el espacio contiguo a la librería centralizando todo lo que pasa en lo que antes era el living de la casa, hoy equipado con mesas de diferentes alturas, banquetas y banquitos que homenajean incluso antiguas colecciones de títulos clásicos y elementos retro que le aportan esa mezcla de décadas que allí conviven. “La consideración del niño como usuario nos llevó a tomar un sinnúmero de cuidados generales, entre otros: los vidrios de piso a techo con laminado de seguridad, los enchufes y la instalación eléctrica especiales para niños, la hidrolaca del parquet tiene la menor cantidad de solventes del mercado lo que la hace idónea para el uso en programas infantiles, los baños admiten entrar con cochecito y hay inodoros y bachas a la altura de niños pequeños y más grandes”, especifica la arquitecta.

Apostando a un concepto concreto que encuentra respuesta en el buen diseño es ya un espacio de referencia en la actividad lúdica infantil. Y Colorín Colorado… ¡este cuento ha terminado!

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