Lente de artista

Fotos  Archivo Roberto FERNÁNDEZ IBÁÑEZ

La fotografía tradicional ha cobrado reconocimiento y un especial prestigio entre quienes la valoran, en especial por sus procesos y técnicas de creación manual. Roberto Fernández Ibáñez es uno de los baluartes uruguayos de esta perspectiva del arte.

Roberto trabaja con los sentidos y las sensaciones, en constante reflexión. Hace 30 años que transita por las artes visuales. Nunca lo sedujeron los programas de edición digital, y llega a realizar obras que prescinden de la cámara. Emprendió su camino en la fotografía tradicional, complementándola con técnicas y procesos alternativos de impresión en base a fórmulas propias.

A diferencia de la reproducción ilimitada que posibilitan los archivos digitales, Roberto produce piezas únicas realizadas químicamente, obteniendo texturas que brindan una tactilidad imposible de apreciar en una pantalla. Cada obra creada manualmente logra la originalidad a partir de los reveladores utilizados. Retina, obturador y sales de plata plasman sobre el papel estados e intenciones diferentes entre sí. Quienes adquieren mis obras poseen una fotografía concebida y hecha de principio a fin por ojos y manos del autor”, expresa Roberto.

 

Su transitar en las artes surgió casi sin proponérselo. Creaba, practicaba la autocrítica y mostraba su trabajo cuando consideraba que era el momento de compartirlo. Hubo quienes prestaron atención a su obra, comenzando así una secuencia de invitaciones a exposiciones internacionales. Con gran sensibilidad por los canales estéticos que configuran la creación, rápidamente se integró al universo del diseño, donde arquitectos y diseñadores de interiores apostaron a su obra para materializar el vínculo entre el arte y la arquitectura y, en paralelo, coleccionistas de Estados Unidos lo contactaron para encargarle arte para sus espacios.

Aplica sus técnicas a naturalezas muertas, paisajes, figura humana y abstracción, con propuestas para diferentes públicos, dispuestos a incorporarlas en residencias o ámbitos corporativos. Desde su local en La Barra, descubrimos que Roberto vibra mucho antes de abrir el obturador, o derramar un químico en su bandeja de trabajo.

¿En qué se basan tus procesos de creación y realización pictórica?
A diferencia de la imagen digital, la fotografía analógica tiene un sesgo artesanal. Esto permite obtener piezas que llevan la impronta de su creador. Algunos procesos no permiten retoques ni correcciones. Por eso, antes de comenzar a imprimir un negativo o crear una obra químicamente, me siento un rato a solas en el taller o en el laboratorio y me libero de tensiones ocasionales. Para mí, de eso depende el éxito o el fracaso. Desde ese espíritu sereno, todo fluye más fácilmente y puedo crear con el adecuado estado de ánimo.

 ¿Derivar o ir hacia algún lado? ¿Qué te inspira?
En mi biblioteca sólo hay cuatro o cinco libros de fotografía, relacionados con su filosofía. Mi fuente de inspiración no está en las imágenes que pueda ver, sino en historias y acontecimientos, reales o imaginarios. Hay temas que me acompañan desde la niñez y la adolescencia, a los que se suman otros que he descubierto gracias a la introspección que transité en algunas etapas de mi vida.

En relación al “cómo”, la investigación y la práctica constante me permiten descubrir la aplicación de nuevos procesos y materiales. Pero no basta con un “qué” y un “cómo”: existe también un “por qué” y “para qué”. Intento que la gente se cuestione. El arte es una disciplina y un medio cuya función es mucho más que complacerse con algo que nos parece bonito.

¿Cómo tu obra se retroalimenta con el interiorismo?
Existe tan vasta profusión de imágenes (fotografías, pinturas, dibujos, etc.), que el artista deber estar convencido de los motivos que lo llevan a poner un nuevo objeto en el mundo. Cuando hablamos del arte como un complemento a los espacios interiores, me permito cuestionar el tema. Al momento de incorporar una obra a un espacio, el diseño, la decoración y el arte no tienen porqué necesariamente ser “complementos” unos de otros.

Hay que aprender a trascender algunos pruritos. Habitar un espacio es siempre un acto integrador, una experiencia estética completa, aunque no nos percatemos de ello.

A veces, ni siquiera doy lugar a la palabra “armonía”. Hay que estudiar muy bien los espacios y sus habitantes. Más que armonizar prefiero amalgamar, por utilizar un término alquímico. La no-armonía, el desequilibrio, la asimetría, la disonancia cromática, también son factores a considerar.

La pieza de arte se incorpora a una vida, no a una habitación. La luz que la hace lucir es a veces más determinante que el propio mobiliario. Finalmente se la ubica en el lugar que el diseñador experto considera más apropiado, pero el disparador para la adquisición debería ser el amor por el arte. El llevarlo a su residencia u oficina es la coherencia con ese amor.

Si bien hay quienes buscan y se conforman con un “cuadro” porque “esta pared necesita algo”, hay otras personas sensibles que procuran que sus espacios transmitan una experiencia más enriquecedora. Yo me dirijo a este último tipo de público.

El arte convoca a la sensibilidad y a la inteligencia. En arte, la inteligencia se manifiesta cuando uno no se pregunta tanto por el “cómo”, sino el “por qué”. Hay una curiosidad que reclama ser satisfecha.

El tema que inspiró al artista puede ser un disparador de ideas para quien contempla las obras. En ese sentido, el arte es una fuente inagotable de descubrimientos”.

¿Cómo explicarías el contenido de tus obras?
Intento que mis obras despierten un cuestionamiento que está más allá de la impresión visual. La obra puede ser metafóricamente una ventana, que nos muestra algo más allá de nuestros límites, un espejo, que nos dice algo acerca de nosotros mismos, o –más interesante aún- una puerta, que nos conduce a una nueva percepción de las cosas.

Es por eso que aún en mis obras pictóricas intento brindar un sentido y dar alimento al pensamiento sin caer en el facilismo de los efectos que ofrecen algunas obras abstractas, que a veces son realizadas poniendo un color aquí, pincelando otro color allá, o salpicando pintura indiscriminadamente. Cuando no hay nada para decir existe urgencia por sólo hacer, pintar por el hecho de pintar, o fotografiar apresuradamente y sin criterio.

Por eso es tan fácil “sacar fotos” o “hacer cuadros” y tan difícil crear arte. La abstracción pictórica debería ser mucho más que manchas para ser interpretadas como en un test de Rorschach, y la obra fotográfica mucho más que una imagen visualmente seductora.

A los artistas se nos tiene que exigir permanentemente para ver si estamos a la altura de un verdadero intento de expresión artística, o si sólo se trata de una aplicación de pinturas sobre una superficie, o de una fotografía de almanaque.

¿Cómo dominás tu auto-exigencia en los ¨libros de artista¨?
Disfruto imaginándolos, haciendo bocetos y luego realizándolos. El primero fue  en 2001 y fue “De Viento y Nube”, que acompañaba una serie de fotografías, relatos y haiku. Desde entonces realicé más de una decena de libros con distintas temáticas, y actualmente estoy preparando tres. El formato de libro de artista me permite hacer una obra integral, que abarca no sólo la creación de imágenes sino la totalidad de lo que el proyecto me inspiró y, quizás lo más importante, me permite trabajar con las manos. También me facilita una salida a lo estricto de algunos de mis procesos fotográficos y así puedo imaginar y diseñar una experiencia más libre, a la vez táctil y visual.

No tengo un método fijo para crearlos. Algunos comienzan a partir de textos que voy escribiendo acerca de temas que investigo. Otros tienen su origen en una serie fotográfica a la que luego incorporo las vivencias que fui anotando previamente en mis cuadernos. Dichos momentos a veces son registrados como un reflejo fiel de los acontecimientos, y en otras ocasiones me sirven como base para elaborar un relato metafórico. Hay circunstancias imprevistas que pueden disparar o catalizar una idea. Puede ser un color, una palabra, una sensación. Sólo trato de estar alerta.

En cuanto a los materiales de los libros, su diseño, la elección de la tipografía, las técnicas para realizar las imágenes, el armado o cosido, parten de un concepto inicial y de bocetos que pueden ser modificados sobre la marcha. Aunque variables e inesperados, los métodos conducen mis trabajos.

Para el trabajo de maquetación, cuento con la invalorable ayuda de mi hijo Nicolás Fernández, diseñador gráfico, que domina aspectos técnicos de edición. Juntos proyectamos los diseños y sus variantes. Es la única persona a quien solicito ayuda. Somos muy parecidos en ese aspecto, y gracias a él puedo agilizar en la diagramación e impresión.

Hay ideas que puedo y quiero realizar mediante la fotografía, pero otras necesitan vías expresivas alternativas. El dibujo, el tallado en madera, el modelado y la pintura, presentes en mi niñez y adolescencia, me posibilitan abordar e investigar distintos tipos de aproximación a la obra final a medida que el proyecto se desarrolla.

Un impulso irracional no es algo creativo, es sólo la liberación de una tensión que se manifestó pintando una tela. La creación implica una idea, y quien no tiene ideas no puede llamarse creador. Poner un nuevo objeto en el mundo, por ejemplo una fotografía, una pintura o una escultura no es crear algo, sólo es hacer algo y luego asignarle una categoría (arte, por ejemplo)”.

 

Fotografiando, imprimiendo, pintando

Desde su taller en Solymar, Roberto contempla el exterior, con sus luces y sus sombras. Los materiales esperan. Los cuadernos, llenos de croquis, bocetos y textos manuscritos, guardan en sus páginas las obras a ser realizadas. Luego de hecha la toma y una vez revelado el negativo, comienza lo que define como “la segunda y quizá más apasionante etapa creativa”. En su laboratorio no hay día ni hora, tampoco apuro. Todo se trata de dominar el oficio en un diálogo con la materia y conocer la respuesta de las sales o los pigmentos, hasta que en determinado momento, uno se fusiona con la obra. Cada trabajo madura como un fruto y alcanza su plenitud a un ritmo que no depende de urgencias o intereses humanos.

“Cuando trabajo, prefiero estar solo. Soy hijo único, y quizás eso marcó la manera de entretenerme y de construir mis propios mundos. Creaba mis propios juguetes, probaba con distintos materiales, me equivocaba, tomaba eso como oportunidades para mejorarlo o cambiar radicalmente lo que estaba haciendo. Eso me dio un espíritu de autocrítica en medio de la diversión y el goce por crear que creo que aún mantengo. Soy implacable con mi pensamiento crítico, a veces obsesivo. Por eso no lo divulgo. Y porque seguramente estoy equivocado.

No tengo un carácter afable cuando estoy creando. Algo en mí se modifica. Quizás el acto creativo sea un estado expandido de conciencia, y mi humor está supeditado a esos cambios. Me torno huraño, me molesto conmigo mismo, y sin duda molestaría a los demás. Prefiero dictar mis propias reglas, mis tiempos, y asumir los errores.

No afirmo que esta forma de trabajar sea recomendable, simplemente es la que llevo a cabo.

Pero esta modalidad de trabajo a veces me da frutos. La investigación me ha permitido trabajar en el papel fotográfico blanco y negro hasta obtener colores extrañísimos, o manipular la emulsión de sales de plata como si se tratara de una escultura líquida, como un velo de seda. Este tipo de obra es sumamente frágil, requiere paciencia y espontaneidad para intervenir en el proceso. Se trata de un acto meditativo en plena acción. Solo se escucha el rumor del agua que corre, lentamente, en las cubetas donde se realiza cada obra. Afuera puede estar el sol o la luna: en mi laboratorio pierdo la noción del tiempo”.

Además de la fotografía, Roberto investiga a través de la pintura, dibujo, poesía, narrativa o escultura. En su obra hay una intención, “en primer lugar para expresarme y contemplar lo representado, y en segunda instancia para llegar a quienes sepan apreciarlas”. Algunas de sus series conforman libros de artista hechos a mano, donde texto, pintura y fotografía se unen para concretar una pieza literaria y visual.

“Las últimas tres décadas me llevaron a asumir cada día como un desafío a la creatividad. Disfruto plenamente cada nuevo proyecto, desde su concepción teórica, su marco conceptual y su realización”.

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Hombre del Renacimiento

En Uruguay, la mayor parte de los trabajos de Roberto Fernández Ibáñez se exhiben en el Taller Blanco y Negro, en la Barra.

Si bien su obra es valorada fuera del país, siente un especial orgullo por el Premio Morosoli en Artes Plásticas que le fuera adjudicado en reconocimiento a su trayectoria artística nacional e internacional y por su aporte a la cultura uruguaya. También recibió de la Asociación de Diseñadores Interioristas Profesionales (ADDIP) el Premio como Artista Relevante, y obtuvo el Primer Premio del Salón Municipal de Artes Visuales. Trascendiendo fronteras, referentes culturales como el Museum of Fine Arts de Houston y la Universidad de Yale, han adquirido algunas de sus obras para sus colecciones permanentes, además de coleccionistas privados.

Participó en noviembre en Washington FotoWeek (USA), seleccionado por la Asociación de Agregados Culturales de Iberoamérica, y expuso dichas obras en Veracruz (México) en el marco de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Gobierno. En noviembre y diciembre expuso en Lianzhou Foto Festival (China).

En agosto, resultó ganador en el Festival de la Luz en Argentina, y Wendy Watriss, directora artística de FotoFest (USA) lo seleccionó como uno de los International Discoveries V en 2014, por lo que expone en Houston durante enero y febrero. También mostrará sus obras en mayo, como invitado a la Bienal de Fotografía de Colombia.

La revista PhotoWorld China, publicó un artículo titulado “Roberto Fernández Ibáñez: Hombre del Renacimiento”, realizado por el consultor de arte Alasdair Foster (Cultural Development Consulting), radicado en Australia, tras haber visto en Rusia uno de sus libros de artista “Otra Alquimia”, un tratado sobre alquimia y fotografía. Dicho libro forma parte de la colección particular de una importante personalidad del Museo de Arte Moderno de Moscú.

Colecciones y exhibiciones

Su obra también está presente en colecciones públicas y privadas, como el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (colección de Joaquím Paiva, Brasil), colecciones de Fernando Castro (Perú/USA), Frazier King (USA), Tom Arnhold y Jeff Poltawsky (USA), Gastón Deleau (Argentina), Eliane Thweatt (USA), Carlos Reberte (Uruguay/Canadá), University of Yale, New Heaven, USA, Evgeny Berezner (Rusia), entre otras.

Entre los lugares donde expuso se encuentran el Museo de Arte Latinoamericano OAS de Washington, FotoFest Headquarters en Houston, Centro Cultural Recoleta, FotoGalería del Teatro San Martín, Museo Nacional de Artes Visuales, Cabildo de Montevideo, Centro Municipal de Exposiciones (Subte), Museo Blanes, Centro de Fotografía, Galería A Cielo Abierto (Parque Rodó y Prado, muestra individual retrospectiva), Museo de las migraciones, Galería Huit (Arles, Francia), Casa de Cultura Hispana de Houston.

Entre otros proyectos, prepara para este año nuevas series fotográficas y obras pictóricas relacionadas a la alquimia, mapas y cartas geográficas de lugares legendarios, barcos y faros, escenas que presentan ambigüedades, simbolismos para representar historias imaginarias y piezas donde ensaya el color como vínculo principal con una temática.

Disfruto el diálogo con quienes me visitan por su interés en las artes. Es una experiencia que permite conocernos y compartir un tipo de emoción para la cual el arte es el mejor vehículo”.

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