Vacíos llenos de tanto.
Arq. FABIAN PARRA

Fabián Parra es un arquitecto atento a los mensajes y las señales de su entorno inmediato. Su elocuencia de fotógrafo y talante de aviador lo encuentra plantado en la contingencia de lo que puede lograrse con la materialidad abstracta, más que con la materia misma. Cómodamente se codea con el “menos es más”, en que su sensibilidad no deja criterio conceptual sin hilvanar.

Ha alternado su producción residencial entre Punta del Este, Pilar, Tigre y San Martín de los Andes. Sin embargo, el interiorismo hotelero es para Parra un terreno fértil que le permite imaginar y plasmar espacios con una fuerte impronta escenográfica. Un lobby como escenario, una foto como  panel, una tela como fachada, son recursos que espacial y materialmente trascienden la arquitectura, recalando con soltura en el universo de la imagen. Lo gráfico, lo fotográfico, lo texturable, los intersticios que definen llenos y vacíos, son para este arquitecto totalmente ilimitados, incluso moving-up animados proyectándose en una superficie logran despegarse de lo convencional retomando algún momento del pasado.

Desde 2010 tiene a su cargo el interiorismo de los espacios públicos de la cadena hotelera Dazzler en Argentina, Paraguay y Uruguay. Esto le ha permitido establecer en ellos espacios netamente conceptuales, donde la vivencia de los mismos supera cualquier capricho formal. La necesidad de fotografiar aun lo irrelevante, en blanco y negro, lo invade a cada instante, y las capturas lo acompañan en el proceso creativo.

Nació en Vicente López, y se formó en un colegio religioso y técnico de doble jornada. “Mi educación facilitó mi camino por las cuestiones técnicas de la arquitectura, aunque siempre fue el diseño lo que me cautivó y no la construcción en sí misma”, explica. Se graduó en la Universidad de Buenos Aires, y por unos años fue ayudante en las Cátedras de Diseño y Dibujo Arquitectónico, reparado en grandes como Solsona y De Antoni respectivamente.

Su primer proyecto en Uruguay fue una casa en la ruta que une La Barra con José Ignacio, y desde allí busca sin cesar la oportunidad de seguir soltando ancla en nuestro país, siempre con un pie de este lado del Río de la Plata. Regresa con frecuencia a supervisar proyectos, y sobre todo a vivir Montevideo, ciudad que tanto lo impacta. Aprecia de ella cada detalle, al punto de haber cosechado gran amistad con un taxista que un día lo trasladó desde el aeropuerto a su hotel. Es a quien le avisa cuando viene, para compartir con él un traslado en el contexto de una amena charla.
Gran despliegue y exuberancia conceptual presentaban ya las ejecuciones de los baños públicos en Casa FOA 2002, 2004 y 2007, obteniendo la medalla de oro en cada una de estas ediciones, homologado por Masisa y Rocca, y donde a pesar de no ser su especialidad, la seducción por el interiorismo fue calando hondo en su búsqueda hasta construir gran parte de su trayectoria.

Siempre me atrajo el minimalismo, pero me identifico más con el elementalismo. Mis obras son conceptos materializados que esconden una historia que se puede contar.

Creciste en Argentina y ya de niño te capturó nuestro país ¿Qué es lo que determina tu permanente regreso?
Nací y pasé mi infancia en un barrio donde aún se podía jugar en la calle, había lotes vacíos, árboles donde trepar y un ritmo nada vertiginoso que incentivaba la imaginación. Descubrí Uruguay a los 14 años, acompañando a la familia de mi mejor amigo en la búsqueda de una casa en el este para veranear. Poner un pie en Montevideo fue una de las emociones más grandes de mi vida, y hasta hoy esa sensación no se ha desvanecido. Me gusta su gente. A mi criterio es una ciudad mágica sacada de un cuento de Italo Calvino, su geografía infinita y esa sensación tan real que la maga de Cortázar describe con su existencia y caminata por sus calles, convencida que un encuentro casual era lo menos casual en sus vidas. Es tan mía, es mi ciudad.

Tu primer proyecto residencial fue plasmado en Punta del Este. Luego, ¿cómo llegó Paraguay?
La casa R10 es sin duda mi obra más querida. Fue muy emotivo cuando finalmente supe que iba a construir en Uruguay. Un tiempo después llegué a Asunción, en principio para materializar el showroom para la venta de las torres Palacio de Los Patos. Me sorprendió encontrarme con una cultura fuerte y vigorosa, muy arraigada a sus raíces. Fue así que el diseño del showroom que había dibujado en mis pensamientos volvió a nacer cuando pisé esa enérgica tierra colorada. La arquitectura de este objeto se mimetizó con su entorno, mezclándose con su cultura como en un apretón de manos. Un pato era su referente icónico, y fue mi oportunidad para convocar a un prestigioso escultor, Juan Pablo Pistilli, para su realización. Con él nació una gran amistad, y su acervo se metió en mi arquitectura.
Para construir las torres hubo que derribar varios árboles, y en particular me estremeció, asi que resultó una caja efímera pensada para comunicar la idea, lo envolví con una inmensa tela que tenía impreso el entorno verde, que se había perdido por razones puramente inmobiliarias, y de esta manera sentí que colaboraba a concientizar.

¿Cuál de todos los reconocimientos de tu carrera te hace reflexionar sobre tu evolución como profesional?
En el año 2002, después de la fuerte crisis y con las valijas preparadas para partir, Casa FOA me propuso participar de su prestigiosa muestra. Pese a que el diseño interior no era lo nuestro, me decidí a participar al enterarme que Clorindo Testa sería jurado. Fue muy fuerte recibir la medalla de oro de sus manos, fue un momento de fuerte ref lexión. Pero el mayor reconocimiento en mi carrera no han sido ni los premios ni las publicaciones, sino esos momentos en el que tu cliente te llama y te dice: “Gracias por ser el primero en soñar el lugar donde mi familia vivirá. Estamos felices”. Esta frase, que aún tengo en mi escritorio escrita de puño y letra, la escribió un gran amigo que falleció al poco tiempo de terminarle su casa. No hay mayor reconocimiento para un arquitecto. Soy tan feliz con lo que hago que no sé lo que es trabajar.

La repetición hace al plano

Su vinculación con el grupo Fenn Hoteles marca un hito muy importante en su carrera, por tratarse de una oportunidad de aunar sinergias humanas y profesionales. Si bien se le plantean presupuestos concretos y objetivos claros, la confianza que genera le permite realizar un planteo estético que no solo encierra diseño sino el concepto de marca. “La amplitud de criterio, su profunda objetividad y el vertiginoso ritmo de trabajo me permite el constante desarrollo de mis estados conceptuales, que hoy son mi principal objetivo”, afirma.

En el edificio del Hotel Dazzler Montevideo (21 de Setiembre y Luis de la Torre) le fue asignado el diseño del lobby, las habitaciones y las áreas comunes. “Tuve como punto de partida una suerte de magia congelada de los edificios construidos en los albores del siglo pasado, el gris de sus espacios, la melancolía de su mobiliario, la madera vetusta, pero sobre todo, el tiempo detenido. Así surgió el extenso piso de granito gris, como un río que todo lo rodea y contiene, un enorme divisor de madera multifacético de madera que espía y conecta a un bar desayunador y a otros locales comerciales, cuyo lobby es el nexo. El frontdesk se presenta como una caja estanca, cuya piel de alabastro retroiluminada recrea aquellos momentos, y la iluminación de un inmenso manto blanco de tela de Barrisol lo envuelve todo bajo prismas geométricos”.

¿Cómo se compone tu estudio?
El estudio soy yo. Difícil compartir la misma hoja de papel en blanco.
No obstante, laboralmente cuento con un armónico grupo de trabajo, con el que tengo en común el enorme cariño por lo que hacemos.

¿Qué te ha dado la fotografía?
De pequeño tuve obsesión por el dibujo, más grande con la ingeniería en electrónica y pilotear un avión, soñaba con volar. Recuerdo aun mi primera cámara de fotos, una Kodak de plástico que mi abuelo me obsequió. A partir de ahí, mirar a través de esa lente cambió mi manera de observar el mundo que me rodeaba. Siempre fotografié en blanco y negro. Me maravillaron los clásicos como Henri Cartier-Bresson o Man Ray. Hoy muchas de mis obras incluyen imágenes como parte sólida de su arquitectura. Viajé durante mucho tiempo por el mundo con el peso de mi cámara, transformando el color en una elemental abstracción, pero un día me detuve, quité ese peso de mi mochila y comencé a disparar con mi teléfono, ese que algún momento solo sirvió para hablar. Así, esos instantes que se escapaban, ahora me pertenecen.

Al César lo que es del César

Raíces tan consolidadas a lo nativo, a esa vivencia de tierra adentro y marcada por fuertes ancestros, una vez más se amoldó a la caja, a la existencia y la presencia, y nuevamente triunfó el concepto. La escena del lobby del Hotel Dazzler Asunción, partió devolviendo la figura y el sonido de los árboles derribados para su construcción. “Pensé cómo devolver esa sombra que le habíamos arrebatado a la tierra. Entonces, un pórtico de madera de petiribí de aguda geometría restituyó la sensación de estar físicamente debajo de ellos, mientras todo el frente y lateral de la caja de ascensores se revistieron con paneles de led, que bajo la forma de un gran monitor, desmaterializaron el volumen que lo contiene mientras se emite una película filmada bajo los árboles, cuando aún existían, con el sol intentando penetrar por sus ramas. Este lobby, como otros de la cadena que lo precedieron, comparte la integración cultural, y como una acción fraterna invité a artistas locales para fusionarse a los espacios propuestos, logrando así mayor sentido de pertenencia”. En este caso, la película estuvo a cargo del consagrado Juan Carlos Magliola, el director de 7 cajas, que logró traducir la idea mágicamente, y también de Mónica Matiauda, que propuso un interesante trabajo de fotografía y dibujo.

¿Cómo lográs que el interiorismo desprenda emociones en tus clientes?
Mis trabajos tratan de dar una respuesta concreta a lo que el cliente solicita, con toda la carga conceptual que hace que cada trabajo sea único, y no un sello formal, que se repite indefinidamente para identificar al estudio.

¿En qué medida interponés el marketing en tus diseños?
Mis obras dan respuestas y eso es lo que me identifica. No hay marketing.

¿Por qué has sido gran seguidor de la obra de Zaha Hadid?
Leía sus libros impresionado con sus propuestas futuristas, y recuerdo a mis docentes diciéndome: “Nunca va a construir nada”. Años más tarde fue la primera mujer en recibir el Premio Pritzker. Me atrevo a decir que nadie va a poder igualarla. Ella siempre estuvo cien años por delante.

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Te has referido al concepto de “volar”. ¿En qué lugar exactamente te ubica esto a pesar de la fantasía?
Fue un fuerte impacto para mí el día que el hombre puso un pie en la luna. Aún lo recuerdo de manera muy vívida, y no pensaba en otra cosa que ser astronauta. Más tarde pensé que sería más terrenal ser piloto, y así fui arquitecto. Diseñar es volar, ese infinito placer de libertad perpetua, que convierte mi trabajo en un hobby, que hace que cada día de mi vida sea único.

¿Qué riesgo profesional aun te quede pendiente tomar?
Mientras tenga la posibilidad de trabajar cada propuesta que planteo, todos serán pendientes

Sus intervenciones marcan una contemporaneidad contundente, incluso cuando ha intervenido en obras de reconversión patrimonial como el caso del lobby y las habitaciones del antiguo Hotel Bossert en Brooklyn, antes conocido como el ¨Waldorf Astoria, en Brooklyn¨, un edificio de 1909 que fue desarraigado de su esencia a lo largo de los años. Mobiliario clásico y contemporáneo fue el indicado para resurgir el pasado cercano a través de la sobriedad de las gigantografías impresas en blanco y negro de la fotógrafa Vivian Maier.

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Basaste en la fotografía tu experiencia en Nueva York. ¿Qué te llevó a eso?
El lobby, que aún mantenía la fuerte presencia de la columnata con capiteles corintios y cielorraso moldurado que remontaban a su místico pasado, me hizo pensar que toda intervención debía ser extremadamente sutil. Así es que surgió la idea de armar el espacio con grandes imágenes de 3 x 6 metros de altura, soportadas por importantes bastidores metálicos, que al ser distribuidos alternadamente entre las columnas, permitieron armar espacios funcionales dentro del mismo lobby. La mágica historia le otorgó al espacio un fuerte y vibrante carácter, que sumado a una etérea iluminación y categóricos muebles de Tom Dixon, no necesitó más. Fue una grata experiencia. Rescatar el pasado es una enorme responsabilidad. Quienes no lo entienden es porque borran su pasado.
La de Vivian Maier (1926-2009) es una historia tan extraordinaria que parece surgida de la imaginación desbocada de un guionista excéntrico ymisterioso, que se dejó muchas páginas en blanco. Niñera durante cuarenta años en Chicago, cuando murió, en 2009, sola y terriblemente pobre, nadie podía siquiera sospechar que aquella extravagante anciana que dormitaba en los bancos de los parques y se alimentaba a base de conservas en lata era en realidad una de las grandes fotógrafas americanas del siglo XX, cuyas obras resisten bien la comparación con las de figuras como Diane Arbus, Helen Levitt, Robert Frank o Garry Winogrand.
Celosa y reservada de su privacidad, casi nunca develaba su nombre real y utilizó decenas de variaciones del mismo. Mucho menos hablaba de su obsesiva y secreta pasión por la fotografía, que le llevó a reunir un extraordinario conjunto de 120.000 negativos, muchos de ellos sin revelar, que nadie más que ella había visto, un tesoro escondido que nunca habría sido descubierto de no ser porque en 2007,un joven investigador, John Maloof, que buscaba imágenes del Chicago de los años 60’, adquirió en una subasta una caja llena de negativos por 400 dólares. Habían llegado hasta allí directamente del desván donde Vivian Maier los había abandonado en los 90’, cuando ya jubilada y sin recursos, se vio obligada a vivir en la calle. A Maloof aquel hallazgo le cambió la vida (las copias de sus imágenes alcanzan los 5.000 dólares en galerías) pero a su autora no. Murió dos años después creyendo que llevaba con ella el secreto a la tumba. Era todo lo que tenía.

¿Qué lugar ocupan las artes plásticas y el mobiliario de autor en tus obras?
En un principio mis obras se caracterizaban por un férreo elementalismo como expresión del “todo”, para que éste se identifique y solo el mobiliario criteriosamente seleccionado fuera el protagonista. En tal sentido, el lobby del Hotel Dazzler Las Heras fue un punto de inflexión, y una de las experiencias más interesantes, al incluir dentro del proyecto a un escultor, un escritor y una fotógrafa. Esto tuvo como consecuencia un espacio de alta sensibilidad visual, y desde entonces, cada vez que intervengo una obra fuera de mi país continuo investigando este proceso tan enriquecedor.

¿Cuál es el edificio que tu ojo foráneo detecta de Montevideo como el que caracteriza un momento clave de la arquitectura uruguaya?
Recuerdo con mucha emoción mi primera vez en Montevideo, y mientras mí mirada recorría exhausto esa mística costanera quedé como colgado de un edificio que parecía presto a levantar amarras: el Yatch Club. Al día de hoy lo sigo contemplando de la misma manera. Me parece que las líneas náuticas que prevalecieron en los años 30’, imprimieron a la ciudad de edificios genuinos y de muy alto nivel, tan bien retratados en el libro Barcos de ladrillo del arquitecto Juan Pedro Margenat. Prefiero quedarme con la imagen de estos años, que junto a edificios como el Palacio Salvo, cuyo hermano gemelo vive en Buenos Aires, la convirtieron en lo que yo llamo una ciudad mágica, a la que amaré el resto de mis días.

La Casa R10 fue su primera obra en Uruguay. Es una residencia de verano con una marcada proporción longitudinal que acompaña el sentido de la Ruta 10 y de color marrón, por lo que no pasa desapercibida camino a José Ignacio, sobre el lado de la laguna. Fue, según Parra, una obra fuertemente conceptual, una “tira” literalmente de 4 metros de ancho que se extienden en la planta a lo largo de 50 metros “como si esa fina traza fuera suficiente para que no exista más nada entre el mar y la laguna, justo para contemplar el atardecer. Su expresión debía ser austera, para que el tiempo no pudiera apoderarse jamás de ella, y tan simple que quien la percibiese desde el vertiginoso ritmo de la ruta no necesitase más q un pestañeo para recordarla”, reflexiona.

Producto de su matrimonio con Fabiana Cabral, llegó Olivia. Su hija soprano marca constantemente un antes y un después en su factura como modelador, tal artesano del espacio interior, y solo ella, al son de su violín, logra cautivarle tanta inspiración. “Ella es el milagro de nuestras vidas. Desde muy pequeña le inculqué el amor por la música y la fotografía. Hoy tiene 18 años y estudia dirección de cine. Es, sin duda, mi mejor obra”, afirma.
Un arquitecto de fugas, profundidades, superficies infinitas que encuentran sus tangentes y proyecciones en puntos no convencionales. Logra “vender” el proyecto desde un relato. Su recurso oral es grato, simbólico y contundente, perfecta antesala creativa de lo que luego transforma en el papel, y sin dudas es el resultado, el que vuelve

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