CASAPUEBLO para niñ@s: una escultura-habitada

Si hay algo que Casapueblo ya no necesita es presentación. No obstante, la inquieta Agó Páez Rodriguez, hija del artista plástico Carlos Páez Vilaró, que junto a sus hermanos preservan esta edificación tan particular, lanzó recientemente este libro pensado en los más chicos, ilustrado y relatado a partir de sus vivencias.
Se encuentra arraigado sobre el costado que da al poniente del rocoso «lomo de la ballena», tal como se le conoce a esta lengua geográfica en Punta Ballena (unos kilómetros antes de llegar a Punta del Este desde Montevideo), de la que Carlos se enamoró y eligió para construir allí su casa, sin saber muy bien como. Juntas con su hermana Mercedes (Beba), relatan estos comienzos en la serie audiovisual «Memorias de Casapueblo», cuyos primeros capítulos comenzaron a lanzarse apenas comenzó la pandemia, abril de 2020 (ver capítulos).
Agó heredó de su padre la sensibilidad por la pintura, y desde 1974 se exponen sus obras en una de las salas de Casapueblo, su atelier, donde el color de sus clásicas mandalas y los trazos orgánicos de sus pinturas no hacen otra cosa que regalar a los visitantes una luminosa frescura. Allí mismo charlamos con ella, y nos compartió, con el entusiasmo que la caracteriza y a pesar de ya haber firmado varios libros esa tarde, qué fue lo que la llevó a encauzar «Casapueblo: el origen de una escultura-habitable», pensando en los más pequeños.


«Papá nos decía que nosotros vivíamos en una escultura, que nuestra casa era una escultura que se había inspirado en el horno de pan y en la casa del hornero, por lo cual, decidí escribir este libro para contar la historia. En este lugar no había absolutamente nada, y recuerdo que con nuestras propias manos le ayudamos a construir lo que hoy es Casapueblo. Existen algunos libros donde él relata sobre la construcción y el proceso, pero no enfocado en la escultura-habitable, y tampoco para ser leída por niños. Me encanta que cuando uno lee una historia a un niño la va aprendiendo también, en realidad todos somos niños», reflexiona.

Agó siente que leyéndolo con este enfoque, también como adultos conectamos de manera sencilla y divertida con la historia real de una escultura para vivir, la que hoy sigue sigue preservando el sabor nostálgico y nada convencional de su infancia y adolescencia: «De hecho era raro.. porque a mi me preguntaban ¿donde vivís? y al responder ‘en una escultura’, inmediatamente me decían ¿y cómo es eso? Por esta razón decidí escribir este libro que detalla lúdicamente todo lo que fuimos viviendo, cómo se fue construyendo. En realidad pienso que nunca fui capaz de darme cuenta de la inmensidad de todo esto, porque esta casa se construyó a lo largo de 60 años, no fue realizada con un plano ni estuvo pronta en un año, como la mayoría de las casas tradicionales. La construcción de esta casa fue un proceso que acompañó la vida de nuestra familia, el dinero que había, el trabajo, el esfuerzo, los viajes de papá, su crecimiento y reconocimiento como artista, las alegrías y también la cordillera de los Andes, pasaron muchas cosas en la historia de esta casa».

«La construcción de esta casa fue un proceso que acompañó la vida de nuestra familia.» Agó PÁEZ

Un tridente artístico

Este libro tiene años de gestación en los cajones semi abiertos de Agó, entre medio tuvieron lugar las Mandalas, el Octógono y las peregrinaciones a Santiago de Compostela como algunas de sus andanzas. «Es un cuento que lo tengo muy adentro mío», asiente con firmeza. Fue en 2021 que decidió poner foco en materializarlo y finalmente la primera edición entró a imprenta en 2022. Fue posible gracias a un interesante trabajo en equipo, un tridente de artistas uruguayos que amalgama a través de sus respectivas miradas el objetivo de tener el libro plasmado, y entre otras cosas ser un revelador material para talleres literarios infantiles y diferentes actividades escolares. Oscar Scotellaro acompañó a Agó en las ilustraciones, y Zunilda Borsani tuvo a cargo el relato desde su expertise en la literatura infantil, y así las vivencias de un niña mimada por un papá y Maestro sin igual, a puro trazo y letra se suma al legado de materiales impresos que registran la vida y la obra de Carlos Páez Vilaró.

Ya desde la portada, la fantasía infantil es captada con la ternura de los tres personajes principales, asomando cada uno por una ventana, Agó con Carlitos y Beba, sus dos hermanos. En el interior las ilustraciones reflejan la misma ausencia de plomada y nivel que se experimenta a cada paso del recorrido por Casapueblo, por escaleras y terrazas, a nivel de calle o a nivel de las rocas que la separan del mar. «Sus formas orgánicas me ayudaron a crecer en armonía con la naturaleza y a respetarla, comprendiendo sus ciclos y acompañándolos ¡maravillándome con las puestas de sol y con la salida de la luna!», según extracto que cierra el libro.

Para Páez Vilaró nada fue imposible, menos pintar uno de sus característicos soles en un avión (de la empresa Pluna), o en la vela de un barco (del Capitán Miranda, buque escuela de la Armada Nacional Uruguaya, que aún recorre los mares del mundo) cuando así se lo solicitaron, y esto también lo relata Agó al revivir  puntualmente algunas de las páginas: «Acá estoy con papá cuando pintamos el avión de Pluna, papá era feliz viendo el sol del Uruguay por el cielo y el mar, me siento una privilegiada de haber compartido pinceladas junto a él para que puerto a puerto recorra el planeta entero. Y acá cuando vino Vinicius de Moraes, con quien compartimos muchos atardeceres, y dedicó a Casapueblo su canción ‘La casa’, cuando cocinábamos arroz con mi hermana, cuando papá fue a África y nos contaba de su inspiración en los grandes hormigueros de las termitas, que estaba esculpiendo tal esculturas.. Fue ahí que nacieron en él las ganas de hacer una escultura para vivir».

Borsani puso en palabras los cálidos y anecdóticos relatos de Agó, en una casa construida por las manos de su padre. En la contraportada dirigida a los pequeños lectores, la autora cuenta cómo para escribirlo intentó «..abrigar y entender los sentimientos y emociones de una hija que logró conectarse con su padre a través del arte, convirtiéndose en una pintora incansable», sintiéndose parte de la aventura e invitando al niño a también a «conectar y caminar por esa famosa ballena que cansada de navegar se quedó definitivamente en ese lugar», transcribe tal como le contaba Páez Vilaró a Agó y sus hermanos.

La reveladora frase de Páez Vilaró que todos conocemos y como adultos comprendemos de forma tan contundente: «Pido perdón a la Arquitectura por mi libertad de hornero», sin dudas en este marco bibliográfico puede ser perfectamente alcanzada y visualizada por los niños, seguramente así lo hubiera querido este peculiar artista, quien en los años ’40 salió de Uruguay en busca de nuevos horizontes, volvió y en los ’60 (que ya tenía instalado su atelier en Maldonado) aterrizó en Dakar para llevar los destellos y colores de su pintura mural como gesto plástico y esperanzador a las calles y a la selva gabonesa, luego a El Cairo y a la goleta francesa. «Casapueblo es la escultura habitable que siempre me espera, es mi baúl de recuerdos de todos mis viajes, moldeado con mis manos, en lucha abierta con la línea recta. Hacer sin aspirar a la medalla, trabajar ha sido mi mejor descanso. El sol de Uruguay está tatuado en mi» (son algunos pasajes del audiovisual que se exhibe en el cine de Casapueblo, con butacas realizadas también a mano en cemento, tal los murales en bronce, madera o mosaico).

 

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