El horizonte de Kroger

Fotos Gastón MONTERO

Una charla con Diego Kroger nos introdujo en un arte bien propio de la riqueza de nuestra costa. Desde su taller en Cabo Polonio, eje y excusa de sus paisajes, traza casi sin excepción una línea materializada por el grafismo, el color y la textura cual el horizonte. Este artista de 58 años, disfruta y pasa allí muchos días de su vida, que son hoy inspiración y fundamento para su perfil más abstracto, donde crea sobre la arena composiciones cargadas de materiales propios de esta mágica playa rochense.

En la pintura de esta colección de temporada 2017, una línea casi perfecta aduce una división entre el arriba y el abajo, a veces levemente curvada, replicando la curvatura de la Tierra. Se repite, Diego la incorpora mecánicamente y se siente muy cómodo con ella. “Si no tengo esa línea ahí, siento una pared que me golpea. Es como un horizonte que me deja mirar más allá”.

A los 9 años comenzó a transitar el arte, el que disfrutaban y fue fomentado por sus padres. Si bien hizo un fugaz paso por el taller de Clever Lara, se define como un autodidacta, trabaja solo, y dedica a él su forma de vivir, del que recogió intensas experiencias y grandes amigos.

Depuró su técnica primero con el óleo, después con el dibujo, luego con ambas a través de un enfoque figurativo, y ahora transita una etapa en pintura más abstracta que la de hace unos año en paralelo al reciente descubrimiento de la escultura. “Pasé por todos los caminos de las técnica, óleo, pastel, acrílico, acuarela, técnica mixta. Soy bastante inquieto. Me valgo de todo a la misma vez. El arte es algo así, uno arranca y nunca sabe hacia donde el camino te lleva. Se va mezclando acrílico con el dibujo, la pintura con la escultura, fui armando una vida de arte pero sin un camino trazado a priori”.

En la preparación de sus trabajos de temporada, una serie nueva con paisajes sencillos, que define como “de grandes formatos azules y blancos, trazos  alegres y luces visibles, decorativos y poco comprometidos. El pintor siempre trata de transmitir algo, de decir o avisar algo, que pasó o qué va a pasar. La pintura decorativa, es suave, linda, enérgica pero sin remitir a nada especial”.

¿Parado ante un lienzo, como empieza a dibujarse?

Cuando yo preparo estas atmósferas medias soñadoras me enfrento con las manos a la tela blanca, no uso pinceles ni lápices, simplemente el pomo, la paleta y los dedos. Primero hago una base con mis manos y luego los toques que le dan el arraigo de situarlo en la tierra. Voy de la base al detalle.

De la figura humana al paisaje, ¿qué cambió en ti?

Muchos años trabajé la figura humana y en particular la figura femenina, con diferentes clases de matices para distintas exposiciones. Sin embargo, el repertorio más actual se centra en el paisaje porque me hace sentir más suelto. La representación humana es muy estricta, requiere mucha perfección, mucha luz. A través de la representación del paisaje parto de la libertad en mis manos. Uno al principio invierte mucho en que la gente valore el trabajo, que la figura humana sea perfecta y que el paisaje sea exacto, hasta que llega el momento en la vida de mi pintura que empecé a soltar. Hace unos 10 o 12 años ya que me siento suelto, y no podría volver para atrás. Es propio del proceso de la maduración personal.

¿Cuándo ponés fin a un cuadro?

Cuando me llega la comodidad con él. Nunca me pasó de tirar un lienzo. Incluso he llegado a sentir interés por la reformulación luego de haber tirado encima querosene para corregir un error, y ahí me meto de nuevo. A partir de ese error he sacado grandes trabajos. Lo busco porque de lo malo, siempre hay algo bueno. Mi trabajo es duro, empiezo y termino, un cuadro puede llevarme un mes porque tengo paciencia, pero también una hora y media.

“Produzco según lo que me pide mi corazón. No preparo exposiciones ni pedidos puntuales. Voy viviendo y haciendo”.

Esculpir barcos empezó sin planificación, embarcándose casi de casualidad en un mundo que lo atrapó al instante de comenzar lo que sería su primera obra. Hace unos cuatro años, eligiendo piedras para el piso de su casa en el showroom de Giovanni Ruffo, y al ver una montaña de mármol pudo meter mano y testear que el material no tenía la dureza que parecía. Así se llevó la primera piedra que se convirtió luego de una semana en su primera pieza: un barco. “Quedé enloquecido, porque detecté que era un material que podía manejar como quisiera, super moldeable. Le puse un foco encima y parecía encandilar su presencia. Eso es impresionante”. Con la mecánica adquirida continuó armando moldes originales en madera y luego desde una postura creativa continuó coordinando trabajo con herreros, fundidores  que le producen, al estilo tradicional, las cascaras que luego Diego artesanalmente suelda, da forma, pulida y terminación en su taller de arte en Colonia Nicolich, Canelones, donde ni el granito, el mármol, el bronce, el cemento, el barro, y el hierro forjado quedan libres de transformación. Así, entre tantas exposiciones y reconocimientos recibidos, llegó el primer premio en categoría ¨Escultura¨ de la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo (Argentina, 2012).

Allí Diego alterna desde grandes amoladoras, martillo neumático, aire comprimido, grúa, todas herramientas que le permiten trabajar incluso materiales de mucha dureza como el granito negro. “Descubrí que la escultura es mil veces superior a la pintura en lo que queda al final de la obra, en la materialización 3D que evoca, el trabajo ‘duro’ propiamente dicho te lo devuelve sobrado”.

En este interior, Kroger exhibe sus esculturas apropiándose del sentido del espacio y no solo la disponibilidad de una superficie. A diferencia del formato y apreciación frontal de la pintura, la escultura necesita varios puntos de vista para la comprensión, y así una serie de nichos iluminados con base revestida en madera, diseñado por la arquitecta Raquelina Butler, conforman los soportes perfectos para ser, en este caso, parte de una colección de barcos y otros trabajos individuales, generados especialmente para cada pieza. El espacio se complementa con un gran formato, hecho en la arena misma de Cabo Polonio, fusionando minúsculos restos recogidos de la arena que previamente selecciona en montones de conchillas, almejas, pedacitos de huesos, vidrios, y une con resina poliester. “Esto lo armo en la arena y a gran velocidad para optimizar el contacto de los materiales con  la resina. Me llevó menos de 40 minutos, tacho, catalizo y en ese tiempo una verdadera experiencia de creación pura, solo, caminando a su alrededor para transformarla en paisaje”.

No considera poseer la capacidad que tiene un maestro para transmitir lo que sabe, a pesar de haberlo intentado, invitando a amigos a su taller ubicado en la buhardilla de una antigua casona de la calle Arocena. Era un formato de taller abierto, pues no cobraba, pasó mucha gente por allí pero sintió que su faceta productiva le ganaba ampliamente a la docencia, por su fuerte claridad en saber lo que técnicamente busca.

Diego va andando, no tiene destino, va descubriendo cosas nuevas a su paso. En verano la nueva colección podrá verse en la galería Los Caracoles de José Ignacio. Internacionalmente accede directamente a coleccionistas privados dependiendo exclusivamente de la situación coyuntural de Europa, donde se encuentran sus potenciales clientes, haciendo escala en San Pablo como punto neurálgico de interés regional.

Viaja, pero no por arte. Por nada cambia tomar de sus montañas de almejas lo necesario para colmar de textura sus lienzos, caminando descalzo a su alrededor, pisando la arena del Polonio. La brocha gorda en sus manos produce uno de los cielos más esfumados y pacíficos de la costa uruguaya.

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