El sello neoyorkino del Edificio ARTIGAS

En Montevideo, su Ciudad Vieja es portadora de innumerables joyas de la gloria arquitectónica de los años 50, en especial un valioso repertorio de edificios en altura que conforman el perfil urbano de la capital uruguaya, varios de los cuales tienen carácter patrimonial. Algunos de ellos fueron proyectados por profesionales locales que visitaban Europa y en algún punto se referenciaban de sus colegas primermundistas, otros fueron concebidos por arquitectos foráneos no tan conocidos, pero si profundamente embebidos en las corrientes estéticas transcurridas a partir de los años 20, quienes, carentes totalmente de las herramientas de comunicación que hoy disponemos, supieron dirigir obras magistrales en forma remota.

 

Caminar por este casco histórico es un ejercicio de constante descubrimiento. Sin embargo, no siempre uno puede tomarse la distancia necesaria para elevar la vista y contemplar los edificios en su totalidad. Tal es el caso del Edificio Artigas, ubicado en la intersección de las calles Rincón y Treinta y Tres, donde la perspectiva gana lugar y permite esa posibilidad al observarse la solidez exterior en esta particular esquina con veredas más anchas que el resto de la Ciudad Vieja. ¿Por qué particular? Justamente por el importante retranqueo en ambas aceras que despega al edificio de la línea de fachada
establecida en la normativa edilicia montevideana del momento. Más bien obedeció a la Ley de Zonificación que desde 1916 regía para New York, ciudad emblema del Art Decó, en la cual su proyectista basó la concepción estética e implantación urbana del mismo.

Esta particularidad hace que a escala del peatón que transita por la vereda o los usuarios directos del edificio, no adviertan solo el robusto basamento del edificio sino un espacio público muy agradable. Sus propietarios han contribuido a humanizar la esquina con un especial cuidado en el  tratamiento de los árboles (plantados no hace mucho), el planteo de la iluminación que recompone la original, y el equipamiento urbano que apetece la pausa, y porque no, propiciar la contemplación de la riqueza ornamental del edificio.

Algunas opiniones mundanas catalogan el Edificio Artigas como el “mini Chrysler” de la Ciudad Vieja, a pesar de no tener un remate tan agraciado como el ícono neoyorkino. Otras lo asocian al Palacio Díaz (ubicado en 18 de Julio y Ejido, construido en 1929 y conocido como uno de los ejemplos más caracteristicos del Art Decó montevideano). Cruzando a la capital bonaerense trae a la memoria la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (inaugurada en 1944), o atravesando de sur a norte el
continente puede su imagen general identificarse con la silueta del Niágara Mohawk Building de Nueva York (construido en 1932, un año después del Chrysler Building) o grandes similitudes al RCA Building en Rockefeller Center (de 1939), salvando las diferencias de altura, por supuesto. Lo cierto es que la corta esbeltez de este edificio estuvo definida claramente por la normativa municipal de entonces, hecho que otorga la oportunidad única de apreciar detalles y remates de las fachadas que no es posible en
los homónimos de gran altura, catalogados como rascacielos, donde la escala humana escapa totalmente a sus congéneres, como sucede con las esbeltas torres en la ilustre gran manzana neoyorkina.

En este artículo nos referimos a trabajos de investigación a cargo de profesionales uruguayos, que con gran sentido crítico, riqueza conceptual y un exhaustivo estudio de este edificio, detallaron los pormenores de sus aspectos técnicos, simbólicos, urbanos y de la época histórica que el mundo transitaba entonces (ver referencias al final de la nota).

Nacido como símbolo

La construcción del edificio data entre los años 1946 y 1948, momento en el cual se aprobaba en Montevideo la Ley de Propiedad Horizontal y las familias tradicionales mudaban sus residencias hacia el crecimiento este de la ciudad.

Fue desde su encargo concebido como un edificio corporativo, base que a pocas cuadras en 1922 había sentado el Palacio Salvo como el primer núcleo en altura destinado a un mix singular para la época: hotelería, oficinas y centro comercial. El Edificio Artigas fue construido para albergar la sede de The First National City Bank of New York en su
planta baja y subsuelos, y oficinas en los pisos superiores. Actualmente se mantiene el formato de renta corporativa para todos sus espacios, siendo la imagen de Sancor Seguros y Gales Casa Cambiaria las que destacan en la planta baja por ubicarse a ambos lados del acceso del edificio, que en definitiva logran una sinergia con su propósito inicial.

“Estamos frente a un edificio que no es emblemático y no fue construido por un arquitecto de renombre. Sin embargo, es una obra de buena factura que ofreció en nuestro contexto una perspectiva novedosa, desde la complejidad de las condiciones en que fue concebido (un proyecto de otro lugar y de otro tiempo), las tecnologías aplicadas
(algunas extranjeras), y el trabajo riguroso que llega en algunos casos hasta la definición del mínimo detalle (con planos de proyecto de detalle de las molduras de yeso escala 1:1 que vinieron desde Estados Unidos, a modo de ejemplo). La particularidad de este edificio no se define por el genio o la pura inspiración, sino por ser parte de un proceso “anónimo”
y continuado de proyecto, de combinación y mutación de contingencias diversas. Esto lleva a la cuestión misma de investigar en proyecto desde  el oficio de proyectar arquitectura; tomando como caso de estudio un edificio anodino en su rol para la historia de la arquitectura, de un autor desconocido, pero proyectado en detalle y de muy buena factura”, según se explica en “Edificio Artigas, el sentido de la técnica” (Ref. 2).

El acervo del bajo perfil

Su arquitecto, el norteamericano Aaron G. Alexander (Massachussets 1890 – New York 1974), era un experimentado proyectista y constructor de sedes bancarias, fábricas y locales comerciales en Estados Unidos y  América Latina. En los 1.170 metros cuadrados a lo largo de las 15 plantas, dejó impregnado el claro espíritu de la época donde el poder industrial, la convicción capitalista y la modernidad necesitaban materializarse en
varias áreas, y la arquitectura hacía posible representar tal magnitud.

Seguramente Alexander, aunque con menos fama que William Van Alen (arquitecto del Chrysler Building) y el equipo de arquitectos de la firma Shreve, Lamb & Harmon (proyectistas del Empire State Building), fue también influenciado por las corrientes estéticas de principios y mediados del siglo XX que priorizaban la mezcla de materiales sobrios con detalles ornamentales, pero incluso por las que daban un paso adelante a los románticos grafismos del Art Nouveau y apostaban más a las formas geométricas. En las décadas donde la máquina se convierte en objeto de deseo, se percibe una avanzada noción por la simbología. Por ejemplo, la organización corporativa en forma piramidal
se traduce en el escalonamiento de los volúmenes, el poder económico aduce al dominio del mármol y a novedosos recursos técnicos para el funcionamiento de los servicios, ya sin “gárgolas inspiradas en tapas de radiadores, ni águilas que remitían el capó de los lujosos autos de época”, según describe Ma. del Mar Gallardo en su artículo en diario La
Vanguardia el Chrysler (construido en 1930), sino más austeros producto de racionalizar los recursos decorativos. La Exposición Internacional de Artes Decorativas en París (1925) fue la gran inspiración para toda una audaz generación enclavada en las diferentes disciplinas del diseño.

Egresado de la Beaux Art School of New York, Alexander fue asociado del American Institute of Architects y de la New York Society of Architects. Durante 15 años fue arquitecto del Departamento de Arquitectura del National City Bank y realizó los proyectos para las sedes de Río de Janeiro, Porto Alegre, Curitiba, Buenos Aires, Lima, San Juan, Caracas, incluyendo Montevideo, por encargo de Brown Company S.A.

Dirigió el proyecto desde su oficina en New York en equipo con quien tenía la responsabilidad técnica del proyecto, el Ing. Horacio García Capurro (egresado del Instituto Tecnológico de Massachussets en 1926) quien sí residía en Montevideo tras revalidar su título en la Facultad de Ingeniería de Montevideo en el año 1933, y dirigiera años después la construcción de la residencia oficial del embajador de Estados Unidos
en Uruguay y el edificio sobre el Cine Censa, entre otros.

En 2019, el edificio recibió la visita del Congreso Mundial Art Decó, catalogándolo como el único que responde netamente a la vertiente americana de esta corriente. Por su parte, el Arq. William Rey, caterdrático uruguayo especializado en Arquitectura Patrimonial, estableció el Edificio Artigas dentro de los cinco hitos imperdibles a visitar en una recorrida turística y cultural por Montevideo.


El Edificio Artigas, cuyo nombre hace honor a la conmemoración de los 100 años de la muerte del prócer oriental, comparte acera con el Edificio Presidente, de finales de los años 70, proyecto de la prestigiosa sociedad que conformó durante décadas el Estudio Gómez Platero – López Rey. Sus transitadas veredas forman parte del Paseo de Artes
Rincón generado a partir de la instalación de obras como Eutrapelia de Octavio Podestá, y otras de Broglia y Pailós en cabinas vidriadadas especialmente diseñadas para albergar obras de arte. Las copas de los árboles, que ni por asombro compiten con tanta monumentalidad y sintonizan perfecto con la de escala del edificio, le otorgan un carácter
fresco a esta gris esquina, a espera de que su par ubicado en diagonal y de arquitectura neoclásica, abandonado y lamentablemente en estado de deteriorio, logre algún día terminar de recomponer el encuentro de estas tradicionales calles del distrito cívico financiero de la Ciudad Vieja.

Los pulidos de los revestimientos, la presencia del bronce, los aceros -dorados y plateados de las puertas de ascensores y cabinas telefónicas respectivamente- le dan sin dudas la impronta señorial y de solidez propias de una entidad bancaria

Lujos importados

La estructura del edificio es de hormigón armado y las losas de los entrepisos son armadas con bovedillas. La protección contra incendios se realizó de acuerdo a las leyes del Estado de New York, con escalera de escape exterior desde los pisos superiores hasta el quinto que continúa por dentro.

Todas las instalaciones tanto de calentamiento de agua como de climatización se proyectaron centralizadas, el aire acondicionado friocalor era la gran novedad para la época y para nuestro país. Pero tal vez lo más sorprendente sea un dispositivo que si bien ya no cumple la función, se mantiene intacto: la instalación de conductos de mensajería
por aire comprimido, sistema que el cine negro también llevó a su pantalla en los años 40 entre otros detalles de época que servían de ambientación para los cortometrajes. Apreciarlos es una maravilla, como también los apliques de mármol en el interior de los cuatro ascensores.

Los últimos gritos de la ingeniería técnica del momento se plasmaron en el edificio: las rejas del acceso principal se pliegan para esconderse en los portales de acero que lo flanquean, y el conjunto dentro del gran basamento de granito negro de más de 7 metros de altura. También las cenefas metálicas perimetrales sobre el hall adosadas al cielorraso
para producir una luz difusa, y los bebederos de acero incrustados en los muros de pasillos y sectores de servicios, dan cuenta de un sistema tan pensado como bien ejecutado. El mármol Travertino oficia de revestimiento en su altura total en planta baja y hasta 1.55 m en todos los pisos, por su parte los pavimentos en damero a 45 grados también son en mármol.

Las fachadas hacen honor a lo interminable. “Las líneas verticales dibujadas por la mampostería con revoque peinado, generan esa sensación de ascenso propia de las construcciones decó. Las ventanas alineadas en un plano posterior son decoradas en antepecho y dinteles con paneles de aluminio trabajado con diseños lineales que aumentan la sensación de verticalidad. Como remate se destaca, ya contra el cielo, un interesante dibujo realizado en el mismo material, que sobre sale del pretil” según se detalla en “Edificio Artigas. Un trozo de Manhatan en la Ciudad Vieja de Montevideo” (Ref. 1).

Los bajorelieves son una riqueza aparte, todo una simbología de un país en desarrollo y producto de la integración de artistas y artesanos que aunaron técnicas para expresar conceptualmente la institucionalidad solicitada.

La distribución interior de sus plantas definen generosas oficinas de planta libre, todas con iluminación natural, algunas de ellas intercomunicadas, con áreas variables y distribuidas por anchos pasillos. Toda la carpintería se mantiene original como también el aspecto señorial en el interior de las salas. El uso original de la planta a nivel de calle fue destinado al banco que “ocupa con la bóveda parte importante del primer subsuelo
y la planta baja. El amplio local se abre a una doble altura ya que dicha amplitud otorga la escala necesaria para jerarquizar la actividad objeto del proyecto”, reseña la Arq. Marta Sabetay (Ref. 1).

 

Un basamento a todo arte

En este marco, la figura de Artigas es recurrente en diferentes demostraciones artísticas como también diversas láminas y certificados de valores antiguos que se suceden enmarcados en las circulaciones, por lo cual la continuidad del arte no podía estar ajena a la actualidad del edificio. En agosto de 2019 se inauguró el Espacio Cultural Edificio Artigas (ECEA), como propuesta dedicada a la promoción de las artes plásticas y se suma al circuito existente, en particular con el “Homenaje a Pedro Figari” como muestra inaugural a cargo de artista Cecilia Mattos. Ella hizo prevalecer el característico colorido de sus figuras reinterpretando los mágicos escenarios de la historia uruguaya retratados por el maestro Figari, incluso disponibles para redescubrirse en propuesta 3D. El espacio se ubica en el subsuelo del edificio (Rincón 487) y funciona bajo la dirección de Roxana Pallotta.

Desde la apertura se han sucedido otras muestras tales como “Pequeñas obras de grandes artistas” que recorrió la escultura uruguaya de los siglos XIX y XX a través de nombres como Edmundo Prati, Luis Ricobaldi, Eduardo Díaz Yepes, Manuel Pailós, Guillermo Riva Zucchelli, José Belloni, José Luis Zorrilla de San Martín, José Gurvich y Nerses Ounanian. También, otras muestras colectivas de artistas uruguayos en conjunto con galerías y muestras independientes de artistas contemporáneos como “Navidad en el arte”, una colección de pesebres antiguos a cargo de 19 artistas. “Arte en madera”, fue una muestra donde 52 obras de 23 artistas de primera línea se presentaron con trabajos realizados a partir de este material en diversas formas y escalas, y contó con nombres como Fernando Revelles, Octavio Podestá, Silvestre Peciar, Roberto Píriz, Mariví Ugolino, Federico Arnaud, Ricardo Pascale, Pablo Damiani, Ignacio Iturria, Rodolfo Visca, Martín Vila, Claudio Silveira Silva, Miguel Herrera, Walter Deliotti, Rafael Lorente, Wilfredo Díaz Valdez, Alfredo Testoni y José Maria Pelayo, con la particularidad de que muchos son oriundos del interior del país. Acompañando la quinceava edición de Museos en la Noche, ECEA sorprendió con música a través de una Victrola ortofónica original de 1925.

El Edificio Artigas no es monumento histórico, ni es considerado una pieza patrimonial emblemática de la ciudad, sin embargo, podría perfectamente imaginarse en el perfil neoyorkino, además de la nobleza constructiva que habla de su excelente estado de conservación. La invitación queda hecha para visitar su paseo exterior y los espacios de la
planta baja que al ingresar conducen directamente al flamante espacio cultural que lo hace parte del circuito de arte montevideano. ■

ECEA en 2020:
• “Escultura en madera” (hasta setiembre)
• “La versatilidad del bronce” (a partir de octubre)

 

 

Ref. 1: “Edificio Artigas. Un trozo de Manhatan en la Ciudad Vieja de Montevideo”, bajo la autoría de la Arq. Marta Sabetay (año 2014, encargo particular).
Ref. 2: “Edificio Artigas, el sentido de la técnica”, bajo la autoría de los arquitectos Carolina Algorta, Ignacio De Souza, Verónica Dighiero, Javier Márquez y Cecilia Scheps (año 2017, curso de Investigación de Proyecto en el área Maestría de Arquitectura de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo -FADU-, UdelaR).
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